Vania Ninoshka Sánchez Prado, Perú

"Y fue así como el feminismo me rescató, de verdad lo hizo. Me rescató de esa relación tóxica, de toda la culpa que me hizo sentir y la desvalorización conmigo misma. Nadie tenía derecho a humillarme, pero antes de ser feminista, lo permití."

Ilustración de Laura Camila Suárez, Colombia- Costa Rica.


Tengo 28 años, pero sólo hace 5 que soy feminista o descubrí que lo era. Y aunque me hubiese gustado serlo desde antes, la sociedad en la que vivo no me ayudó tanto.


Nací en Lima “La Gris”, una ciudad caótica, llena de muchas personas, con una diversidad cultural bastante rica, llena de colores, de música, de gente creativa, pero a la vez, con un déficit tremendo de igualdad de género. Crecí y viví hasta mi adolescencia en Barranca, una provincia al norte de Lima, un poco más pequeña, aunque casi como una extensión de ella.


Estudié toda mi vida en un colegio católico, me confesaba desde los 9 años -¿qué pecados puede confesar una niña de esa edad?- e iba a misa todos los primeros viernes de cada mes, incluso llegué a ser catequista en la secundaria para los chicos de confirmación. Me acuerdo que rezaba mucho junto a mi abuela materna, que éramos bien creyentes y ella era muy feliz de que yo lo sea; pero después de muchos años, descubrí que dentro de toda esta educación tan católica había mucho machismo. Claro que mi abuela no tiene la culpa de que hayamos vivido bajo una sociedad así, y de todas maneras agradezco mucho todo el amor que me dio, jamás habrá otro igual. Sin embargo, siempre me voy a acordar de cómo en el colegio las mujeres teníamos que cuidarnos de llevar la falda debajo de la rodilla para “no mostrar más de lo debido”. Sí, nosotras éramos las que debíamos hacer eso y no que los chicos debían aprender a no mirarnos las piernas. También recuerdo que las chicas, sobre todo en secundaria, debíamos mostrar cierto nivel de prudencia o ser algo recatadas, claro que eso casi nunca pasaba. Pero no me voy a olvidar de cómo nos vendían todo este tema de la “virginidad” y la pureza tan bien representada en la virgen María a la que todas le rezábamos en misa, realmente era algo fuerte en el colegio.


Volviendo al tema, cuando era una adolescente, yo no sabía lo machista que pude haber sido. Ese machismo era bien asolapado; como en casa, cuando me cuidaban más por ser mujer y yo pensaba que estaba bien, o en el colegio, que entre algunos profesores junto a ciertas madres de familia juzgaban a una chica por vivir su sexualidad o por vestirse de manera que ellas no aprobaban y para nosotros eso era normal. ¿Cómo va ser normal y estar bien juzgar a una pobre chica de 15 años y hacerle carga montón? Realmente, siento que esto, aparte de ser machista era muy cruel.


Lo bueno es que una va creciendo, madurando y cambiando. Ya desde que estaba en mi último año del colegio me daba cuenta de que algo no estaba bien. Fue en la universidad que mi perspectiva de la vida dio todo un giro, porque empecé a conocer a personas que me fueron adentrando al feminismo, conocí a mujeres fuertes que reforzaban mi compañerismo con otras mujeres, encontré lecturas que me ayudaron a abrir los ojos sobre el sistema patriarcal y todo el daño que nos han hecho, le empecé a dar nombre a lo que iba sintiendo, porque hasta ese momento yo no me consideraba “feminista”. Y con todo eso, me fui dando cuenta y reconocí que a veces no estaba siendo buena amiga, porque sentía celos de ciertas mujeres, o porque participé de los chismes que se inventaban de alguna chica que no me “cayera” bien o porque culpaba a la chica con la que mi ex me sacó la vuelta, en vez de culparlo sólo a él.


Tristemente, me di cuenta que por un tiempo congeniaba más en un grupo conformado por chicos, y supongo, que era porque bajo todo este contexto tan machista me habían hecho creer que las mujeres somos unas dramáticas, unas envidiosas entre nosotras, y que la enemiga de una mujer es otra mujer. Me acuerdo que ese sentido de competitividad entre mujeres lo tenía muy marcado desde que era niña, incluso me peleaba por el primer puesto con otra compañera. Por otro lado, también en todo este cambio, me di cuenta de que simplemente yo estaba viviendo algo que realmente no quería, que no me estaba valorando, ni auto cuidando. Fue gracias a todo ello que empecé mi proceso de de-construcción; me acuerdo clarísimo que el año en el que tomé fuerza y valor para reconocerme orgullosamente feminista, fue en el 2016. Gracias a la marcha de Ni una Menos - a la que fui con mi hermana – y en la que grité tan fuerte por todas nosotras, junto a muchas otras compañeras y me sentí realmente acompañada. Fue un momento único y épico para mí, porque no solo estaba gritando por justicia, estaba rebelándome en contra del sistema, estaba diciéndole NO MÁS, NUNCA MÁS.


Y fue así como el feminismo me rescató, de verdad lo hizo. Me rescató de esa relación tóxica, de toda la culpa que me hizo sentir y la desvalorización conmigo misma. Nadie tenía derecho a humillarme, pero antes de ser feminista, lo permití.


También me ayudó a superar complejos y traumas del pasado. Yo me miraba al espejo y no me gustaba, me sentía fatal, al punto de pasar por desórdenes alimenticios. Aunque jamás tuve sobrepeso, ni siquiera pesaba más de 5kg de “mi peso ideal”, en el fondo, mis fantasmas adolescentes no me hacían quererme lo suficiente. En el colegio, hubo gente que me hizo sentir “gorda” y eso se había quedado conmigo. Pero me empecé a valorar, a consentir y entendí que todas nosotras somos más que una simple talla de ropa y nuestro aspecto físico. Esto, debo decir, es algo que también admiro muchísimo de mi hermana menor, con 8 años menos que yo ella también me enseñó de autovaloración y de amor propio. Ella, mi madre y yo, con toda la sororidad y complicidad que nos une a las tres, nos hemos hecho cada vez más valientes y fuertes.


Y mientras yo les sigo hablando de feminismo, del derecho a abortar y del poder vivir nuestra sexualidad libremente, ellas me alientan a seguir luchando por lo que creo y me ayudan a seguir queriéndome cada día más.

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