Verónica del Pozo Saavedra, Chile

¨Quería sanarme y Marcela Lagarde me enseñó que la forma en que las mujeres amamos y somos amadas es desigual... ¨

Ilustración de Elisa María Monsalve, Chile.


No me di cuenta de lo que significaba nacer niña hasta que fui mujer. Pasé mi infancia en una parcela en las afueras de Santiago a fines de los ochenta, rodeada de primos y hermanos, jugando en el cerro, vistiendo buzos y zapatillas, con el pelo amarrado y el jockey hacia atrás. Me sentía libre para ser y hacer igual que ellos. Teníamos la misma fuerza y destreza física. Me dejaron ser lo que quería ser, y eso, unido a los privilegios de clase, me dotó de una sensación de gran libertad. Ser niña era para mí un dato biológico sin significancia cultural.


Mi madre trabajaba en la crianza ajena -era profesora de párvulos- y, aunque amaba su trabajo y asumía la mitad de la carga económica familiar, llegaba temprano a la casa y nos hacía su prioridad. Era alegre y muy sociable. No le gustaban las discusiones políticas, probablemente porque muchas veces terminaban con mis tíos parándose enojados y tildando a mi papá de “comunista”, lo que parecía ser un insulto. Mi padre, de esa generación en que los hombres no lloran ni tienen carencias emocionales por falta de tiempo y de dinero, era serio, participaba en política, demostraba el cariño con hechos y era muy protector. Nunca reparé en ello, pero los roles estaban definidos: ella era piel y risas, él era fortaleza y racionalidad. Ambos me enseñaron la empatía con el dolor ajeno, a reírme fuerte, a disfrutar del placer, la importancia de aprender, de la verdad y de actuar por la justicia. Nunca me di cuenta de que, con su ejemplo, también modelaron para mi la idea del hombre y la mujer, de lo propiamente femenino y masculino.


Luego llegó la pubertad, y el patriarcado, de la mano del capitalismo, hizo lo suyo. Eran los noventa, la década de la post-dictadura, del silencio incómodo, del “salto al desarrollo”, del neoliberalismo y la imitación yanqui. La pubertad de las niñas estaba marcada por la construcción del amor romántico envasado por Disney y el anhelo de ser como las modelos de los video clip gringos que pasaban por la tele.


En un colegio privado, donde tu posición se definía en base al aspecto, vi cómo algunas compañeras sufrían de anorexia para intentar calzar con el canon de extrema delgadez y cómo las que no calzaban iban quedando relegadas. Ser niña era como estar en una vitrina, insegura y expuesta a la apreciación externa permanentemente.


No existían referentes de mujeres inteligentes, capaces, fuertes, independientes. No se promovía la actitud crítica. Una vez mandaron a llamar a mis padres porque estaba hablando de las elecciones en el patio con una compañera. Estaba prohibido el proselitismo político. Y tampoco existía el enfoque de género. Los profesores de ciencias exactas se reían ocasionalmente de las niñas, y en particular, de las niñas rubias, como yo, aunque a mí me iba muy bien. “Repito para las rubias”, decía uno.


Tuve buena suerte en el amor, como se dice de alguien que siempre tiene pareja. Si no, hubiese sido muy difícil conseguir permiso para salir de noche. Emocionalmente dependiente, descuidaba mi desarrollo personal y priorizaba las necesidades e intereses de ellos permanentemente. Pero nada de andar “regalándose” a cualquiera. Eso estaba permitido sólo a los hombres. Las mujeres podíamos ensuciar nuestra reputación, como en la canción de Arjona.


Pese a todo, nunca reflexioné sobre lo que significaba ser niña en ese contexto. Adormecida, me sentí relativamente feliz, me reí y hasta lo pasé bien. Nunca pensé en cómo se metía debajo de mi piel un aprendizaje que me costaría años des-aprender: la sobrevaloración de lo externo, la falta de confianza y comodidad para establecer vínculos con otras mujeres, no aspirar nunca a cargos de poder y sentirme incómoda ocupando espacios de liderazgo por temor a ser criticada, no saber ser sola, el valor de la abnegación. A las mujeres nos enseñaron a ser y hacer de esa manera ¡y ni siquiera nos dimos cuenta!


Hasta que algo en mi despertó. La sensación de ahogo me obligó a salir de una relación que me hubiese condenado a reproducir el papel de mujer-madre del barrio alto. Volví a respirar, a sentirme libre, como cuando era una niña en el cerro. Todavía desorientada, empecé a conectarme con mi sentido de justicia e igualdad, mi amor por el aprendizaje y mi fortaleza. Conocí a hombres y mujeres que fueron referentes nuevos sobre la masculinidad y la feminidad. Mi ser ideológico se disociaba de mi contexto social y de clase. Pero aún no conocía el feminismo.


El feminismo lo conocí cuando llegué a ser mujer. Una dolorosa ruptura me obligó a matar la idea del amor romántico. Me doy cuenta del cliché, pero ese fue el primer impulso que me llevó a leer más sobre teoría feminista. Quería sanarme y Marcela Lagarde me enseñó que la forma en que las mujeres amamos y somos amadas es desigual. Que, como a mi mamá, a las mujeres nos construyen como “seres de amor” y que por eso se convierte en el centro de nuestras vidas. Fue un salvavidas.


Aún así, me costó un tiempo auto-denominarme feminista. Porque, pensaba, era una etiqueta que anulaba mis otras convicciones políticas. Mi compromiso político estaba en la igualdad de clase y la garantía de los derechos humanos: denominarme feminista era reduccionista. Pero entre más leía, más se hacía evidente la interseccionalidad, cómo la desigualdad de género atraviesa todo y se entrecruza con la pobreza, la raza, la nacionalidad y todas las condiciones que ponen a las personas en situación de subordinación respecto de otras. Por otro lado, me daba pudor llamarme así, pues el feminismo pertenecía a mujeres realmente valientes, con trayectoria, estudios y, sobretodo, con muchas menos contradicciones que yo. Pero fui descubriendo que no existe un momento en el que una llega a serlo, que no es una meta que se cruza de una vez y que nadie te asigna esa etiqueta. El feminismo es una decisión.




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