Melissa Lattke, Colombia

"Aprendí que cuando las mujeres se unen la vida es mucho mejor, que la energía femenina no es débil y vulnerable como yo creía...que se basa en sostenernos la una a la otra, en que somos más fuertes, en que somos más poderosas juntas ”.

Ilustración de Amalia Alvarez, Colombia


Para Lais y para Fabi.


Yo no era feminista porque siempre me sentí una mujer privilegiada, porque siempre sentí que yo era inmune a los problemas de las demás, porque sentía que al serlo tenía que aceptar que hubo injusticias conmigo y que eso me haría vulnerable, y ¿quién quiere ser vulnerable? Hoy en día me da mucha vergüenza admitirlo, pero yo nunca quise ser como las otras, porque yo quería ser la chica diferente. 


Creo que pensar así tanto tiempo me hizo creer que estaba sola con mis problemas y con mis ideas, que yo tenía que hacerlo todo perfecto y, sobre todo, sola: tenía que ser más que los demás. El ego me dominaba por completo, ego que se transformaba en miedo, y miedo que se transformaba en incapacidad de acción. Quería estar en la cima, y por eso no pedía ayuda de nadie, no le comentaba a nadie lo que quería hacer. Luego, abrumada por todo lo que quería hacer, sentía miedo de no hacerlo perfecto, y con ese miedo un odio a mi energía femenina, la que me pedía un día para mí, la que me pedía alguien a quien contarle mis cosas, la que se sentía dolida por estar sola, la que es caótica y emocional, la que necesitaba apoyo, sugerencias, soporte; odiaba que esa energía me alejara de ser “perfecta”, de alcanzar lo que yo creía que era el éxito. 


Estas crisis, la vida y el increíble apoyo que he tenido de mi mamá, me llevaron a vivir unos meses en Reñaca, una pequeña población a unos 20 minutos de Viña del Mar. Allá, hice un curso de emprendimiento que tenía fichado hace mucho, un curso al que sólo por esta vez, se habían anotado solo mujeres. Por primera vez en mi vida conviví con solo chicas por cuatro meses. Era la primera vez que vivía rodeada de mujeres: chicas de todas partes del mundo que me acogieron, que se volvieron amigas, amigas de esas que empoderan, amigas que empecé a admirar, amigas feministas que con mucho amor siempre me debatían lo que pensaba, pero que al mismo tiempo me sostenían, me respetaban y me valoraban por quien era yo. Luego, en confianza, me empezaron a contar sus historias: historias de abuso, en las que las hacían sentir menos, en las que estaban en desventaja y muchas situaciones a las que nunca habían sabido cómo reaccionar. Fue entonces que empecé a cambiar mi forma de pensar, vagamente concluí que el feminismo era un movimiento demasiado necesario, pero de nuevo mi ego me hacía creer que ese tema no era conmigo.


Y así volví de Chile, volví diferente, ahora era más tolerante, pero aún tenía muchas peleas internas. Pasaron mil cosas en las que yo de nuevo no me toleraba en mi feminidad: que el amor no debería dolerme, que debía ser fuerte y no sentir, que la vida es para ser productiva, que odio que hoy me sienta más emocional, que lo que necesito es ser racional, que lo que necesito es obligarme a no sentir, a no estar baja de ánimos, a no depender de nadie, porque yo puedo sola, tengo que hacerlo sola y demostrarme que soy más. De nuevo las cosas en mi vida no fluían, pero ahora me sentía menos, y me odiaba por ser tan sensible y sentimental. Me comparaba y competía con todos y todas. Yo quería hacerlo todo y no entendía por qué no podía. No entendía por qué me dolían tanto las cosas, no entendía por qué era tan llorona, y me odiaba mucho por eso, odiaba ser así.


Y pensar así me fue consumiendo más y más, y mi ego siempre castigándome por estar cargada de esta energía cíclica, por ser emocional y caótica, por tener días en los que me sentía super sensible, por no rendir, por no ser productiva, fui llevándome a una profunda decepción de mí misma. De repente ya no terminaba las cosas, vivía en el miedo y le temía al qué dirán, me odiaba por no ser todo lo que quería ser y ese odio me cerró las puertas a muchas cosas, me alejó del mundo creativo, destruyó mi confianza, y en esa oscuridad en la que de repente caí, me vi haciendo algo tan lejano a lo que yo quería: siendo una empleada más, de una compañía grande que te enseña que tú no eres nada más que un engrane, un lugar con una cultura tóxica y con un jefe misógino y clasista que trataba a las mujeres de la oficina con desdén, que castigaba su emocionalidad y también su fortaleza. Y ahí lo empecé a ver todo con claridad.


La verdadera luz apareció cuando conocí a las chicas de La Sindical. Buscando un escape a mi vida de oficina terminé estudiando ilustración, otra vez, solo mujeres estudiando conmigo. Nos volvimos tan unidas que montamos nuestro colectivo: La Sindical. Somos nueve chicas ilustradoras completamente diferentes la una de la otra, y todas tolerantes, todas abiertas, cada una con sus debilidades y sus fortalezas. Nos volvimos unidas de una manera tan simple: ellas me enseñaron a dejarme sostener y a sostenerlas. Me enseñaron que yo soy mejor cuando estoy rodeada, que está bien tener días malos, que hay que dejarse caer porque las demás te sostienen. Que nunca estoy sola, y que puedo ser yo misma. Y aprendimos a movernos así; aprendí que los días que me siento mal, ellas están para mí, y que los días que ellas están mal, yo estoy para ellas. Aprendí que cuando las mujeres se unen la vida es mucho mejor, que la energía femenina no es débil y vulnerable como yo creía, solo que es diferente, que se basa en sostenernos la una a la otra, en que somos más fuertes, en que somos más poderosas juntas. Y que con ellas puedo aceptarme sensible y emocional, puedo alejarme y acercarme, puedo estar un día bien, y otro no tanto, puedo ser muy productiva un día y necesitar un día para mi después y que ser así está bien. Que se trata de rescatar una energía tan valiosa pero tan poco valorada como la que es la energía femenina. Que el mundo necesita más amigas que trabajen en colectivo, y menos compitiendo entre ellas.


Y ahí entendí que yo también necesitaba ser feminista, porque, así como ellas necesitan que yo las sostenga cuando no pueden yo necesito que me sostengan cuando todo se ve oscuro. Y entendí que al éxito no podía llegar sola, que ya no quería hacerlo sola si no lo hacía con ellas, porque yo soy la otra. Porque lo que les pase a ellas, me afecta a mí, porque si ellas están bien yo también lo estoy.


Y aprendí que ser feminista es para mí sostenernos juntas, y que es lo que necesito para poder estar bien.


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