Melanie Carmen Ruiz Mancilla, México

"..."hay que abandonar el amor romántico, pero no la ternura. Porque la ternura es revolucionaria”. Si el amor nos da un respiro de este mundo caótico, es menester ejercerlo como un espacio deseable, acogedor y libre de violencia. "



Ilustración de Antonieta Ramos, México


La infancia de mi generación clasemediera, noventera y mexicana estuvo marcada por Disney y las comedias románticas de Hollywood, con una trama muy similar y aún utilizada; el chico guapo y popular se fija en la chica invisible, solitaria y virginal, cambiando su mundo para siempre.


Entre mis 8 y 15 años, esta clase de películas románticas articularon mi pensamiento en cuanto a lo que debía hacer y esperar de mis relaciones de pareja, aun cuando el contexto de estos filmes no era ni cercano al mío. El reforzamiento del estereotipo es tan constante y sutil que cuando estás en edad formativa no te das cuenta hasta dónde se inserta en tu psique.


Bajo la premisa de encontrar a ese “ser especial”, yo como mujer debía aspirar a esta clase de amor preparatoriano, porque además, era un amor tan intenso que duraba para toda la vida. Es así como, estando en la preparatoria, inicie una relación formal.


Yo no era una chica de noviazgos, en realidad era bastante insegura y me costaba hacer amigos (como las protagonistas de mis películas), por ello cuando esta relación llegó a mi vida, le dedique toda mi energía. Sin embargo, esa relación terminó justo cuando comenzaba a ganar más fuerza el movimiento feminista en mi país.


Mis primeros meses soltera fueron horribles. Me sentía en desintoxicación y sólo quería hacer muchísimas cosas para ocupar mi mente y terminar agotada, así evitar pensar. Después, empecé a reconciliarme con mis amistades, de quienes había estado alejada, y conocí a mujeres que se estaban adentrando en la teoría feminista.


Desde pequeña se me inculcó el hábito de la lectura. No fue difícil acercarme a la teoría, lo que no fue fácil era empezar a integrarla. Reconocer las violencias que una vive desde pequeña es un proceso complejo. Me costó entender que la persona que decía amarme sutilmente estaba ejerciendo violencia, porque si bien no había violencia física comprendí que lo “sutil” también duele y deja marcas.


Pese a que jamás tuve una crianza marcada por las prohibiciones, por el contrario, siempre he podido ser yo misma en todos los ámbitos de mi vida, no logré escapar de estas violencias disfrazadas de “amor. Fue en una clase en la licenciatura, que leyendo sobre gaslighting terminé de caer en cuenta que había vivido varias situaciones que se mencionaban en la lectura.


Conforme pasó el tiempo y evalué mis relaciones, todas las relaciones de mi vida a través de mis nuevas gafas violetas, de animarme a levantar la voz, reconciliarme con mi familia y de pensar en las mujeres de mi vida, pude reconocerme abiertamente como feminista.


Consolidando redes afectivas con amigas, también conocí sus historias y me di cuenta de los patrones en común. Todas aguantábamos un sinfín de situaciones porque creíamos que eso era amor, que sólo así el ser amado no nos dejaría. Nos volvíamos absolutamente dependientes de la relación, como si fueran el aire que necesitamos para respirar. Dejamos de priorizarnos, nos perdemos, y con ello, a las personas que están a nuestro alrededor; y cuando no te sientes apoyada, cuando te sientes completamente sola, eres presa fácil.


Entendí que el amor romántico es una herramienta de control que te atrapa cuando más libre te sientes. Se nos enseña a las mujeres a abandonar el mundo, a ser egoístas con nuestro entorno, odiarnos entre nosotras, buscar siempre ser amadas y maternantes, y priorizar los deseos de nuestro ser amado. Entendí que a ellos también se les enseña a amar desde la desigualdad, tiempo después entendí que, como en el mundo animal; ellos eran los depredadores y nosotras la presa.


Mi historia me llevó a replantearme cómo vemos y practicamos el amor de pareja, a todos los días sacudirme esas prácticas desiguales y violentas para empezar a construir relaciones de verdad, de compañerismo, de responsabilidades afectivas, de empatía. Hace poco leí que “hay que abandonar el amor romántico, pero no la ternura. Porque la ternura es revolucionaria”. Si el amor nos da un respiro de este mundo caótico, es menester ejercerlo como un espacio deseable, acogedor y libre de violencia.


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