Mariela Solórzano Aguilar, Costa Rica - Nicaragua

"..una de las luchas feministas más importantes para mí es que “lo personal es político” y, en esa línea, “maternar también es político”.

Ilustración de Mariel Acuña, Costa Rica


Hace casi 3 años me convertí en madre, hasta el momento, el cambio más radical en mi vida. Era hermana, hija, prima y muchos otros roles, que como mujer y hermana mayor de una familia extendida estaba acostumbrada y entendía cómo llevar a cabo.


En el 2017, después de haber vivido 7 años en Chile, mi vida dio un giro de 180 grados, todo lo que había construido hasta el momento estaba cambiando. Me di cuenta que dentro de mí se estaba gestando un nuevo rol y que con él empezaba a nacer también una nueva feminista.


¿Por qué ese momento era mí punto de inflexión? ¿Por qué junto con el embarazo, iba creciendo también una feminista? ¿Por qué una experiencia tan manoseada por el patriarcado me estaba liberando?

Yo no era feminista, no consideraba que era “importante” serlo y lo veía como algo lejano, de lucha por “privilegios” que siempre había tenido o causas muy lejanas a mi realidad.


Pero junto con el embarazo empecé a identificar, a darme cuenta de la realidad que vivimos las mujeres y experimentar directamente muchas de las dificultades que nos enfrentamos nosotras, solo por el hecho de ser mujeres.


Ser madre, venía a mostrarme una realidad que vivimos muchas mujeres. Debía pensar en una infinidad de situaciones que no consideraba, desde el permiso de maternidad, la violencia obstétrica, el derecho a un parto respetado, a dar de lactar. Así como también sobre la desigualdad salarial, ser una mujer activa laboralmente, pero al mismo tiempo en edad fértil y con deseos de tener hijos e hijas, y muchos otros temas que vivimos las mujeres que decidimos ser madres y en mayor medida para las que fue una obligación, disfrazada de bendición.


Todos estos temas se me presentaron como una avalancha de preocupaciones, inseguridades y principalmente estaban cargados de desconocimiento, ¿cómo iba a vivir la maternidad?, si ésta no dependía solamente de mí, sino de mi entorno. Ya que todo lo que podía pensar en esos momentos es lo que debía ser y no cómo experimentarla y vivirla libremente.


En todos esos momentos de duda e inseguridad recordé mi crianza. Soy hija mayor de una familia extendida, esas de las que popularmente les llaman “los míos, los tuyos y los nuestros”, con una mezcla de nacionalidades tica-nica.


Crecí en Costa Rica, en un hogar de 4 mujeres, mi madre y mis 2 hermanas. Donde, a pesar de que fuéramos solo mujeres, nunca existieron conversaciones y/o discusiones que nos pusieran a pensar en el rol de la mujer dentro de nuestra sociedad. Aunque no se hablaba del feminismo, igualdad, de la lucha que como mujeres tenemos que dar en nuestros países machistas, mi mamá, como madre soltera, nos lo fue demostrando con sus acciones y crianza.


Además, tuve y tengo la gran dicha de estar acompañada de mujeres valientes, feministas y fuertes, que me han permitido vivir este proceso acompañada, cuestionarme, cuestionarlas y cuestionarnos en conjunto nuestra realidad. Lo que me llevó a comprender la importancia de vivir la maternidad en comunidad.


La maternidad, como la conocía, es una práctica muy solitaria, ya que nuestras sociedades están estructuradas para cumplir con necesidades muy distintas a lo que una mujer, después de convertirse en madre, necesita. Compañía, compartir, preguntar, tiempo, llorar, frustrarse, intentar, darse más tiempo, permitir equivocarse, dudar y que todos estos momentos estén acompañados nos permite vivir la maternidad más plenamente.


Conocí qué es maternar en comunidad con un gran grupo de amigas, algunas madres y otras no, en espacios que nos permitimos compartir, conocer nuestras alegrías, penas, felicidades, dolores y dificultades, tanto de ser mujeres, como de ser madres. Dejando a un lado la soledad y, en cada una de nuestras reuniones, revelándonos contra lo establecido, viviendo nuestra maternidad en conjunto.


En todas las reuniones, con muchas pláticas extensas, además de lecturas de libros, conversaciones con mi pareja, consejos de mi madre y mis abuelas, logré comprender la importancia del feminismo, como una lucha de todas nosotras. He ido identificando actitudes y prácticas, tanto machistas, como reproductoras de una sociedad patriarcal, las cuales en su momento no veía como relevantes, las normalizaba y consideraba que “así era” o “así tiene que ser”. Así como las mujeres teníamos que ser buenas, cuidadoras, darnos a respetar, vestirnos adecuadamente para no provocar, casarnos, embarazarnos, parir, dar teta, ser cuidadoras y miles de responsabilidad y roles, que dentro de la realidad que crecí y viví, eran normales.


Este pensamiento, que empecé a deconstruir durante mi embarazo y lo sigo haciendo cada día, me ha llevado a entender muchas de las cosas que hoy reclamo en voz alta. A las mujeres se nos carga, desde pequeñas, con responsabilidades de sustento y cuidado, las cuales son asumidas por el sistema patriarcal en el que vivimos, donde los roles dentro del hogar están más que definidos: el hombre provee, la mujer cuida. Estos roles nos los imponen todos los días, desde los juguetes, cargados de estructuras sociales, hasta las oportunidades laborales que se nos brindan y que, si los ponemos en una balanza, la desigualdad siempre está inclinada hacia nuestro lado.


También he logrado comprender que una de las luchas feministas más importantes para mí es que “lo personal es político” y, en esa línea, “maternar también es político”. Se trata de una revelación contra lo establecido, es reconocer el papel tan importante que jugamos dentro de nuestras sociedades y asegurarnos que tengan el peso y lugar que deben tener, sacando la maternidad del patriarcado, apropiándonosla, como corresponde, y empoderarnos, empoderarme de mi práctica materna.


Considero que este proceso es una lucha constante, con una misma, con su historia, con su realidad y su entorno. Un proceso de todos los días, donde una debe decontruirse, incomodarse, afrontarse a los miles de micromachismos que está llena nuestra sociedad y que, al enfrentarme a la crianza, no puedo dejar pasar. Ya que hoy en día, es una lucha que no solamente hago por mí y por las miles de mujeres que vivimos en sociedades donde todavía no se logra compatibilizar la vida de crianza con la vida personal, laboral y social, sino que lo hago también por todas y todos los pequeños y pequeñas que vienen en camino y merecen crecer en un mundo donde todas y todos tengamos las mismas oportunidades.


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