María Elena Salgado, Nicaragua

"Podría decir que lo mío era más un feminismo auto imperceptible, pero ahí estaba."

Ilustración de Tania Esmeralda Ortiz Ascencio, Nicaragua


Luego de haber escrito tanto sobre mi entorno, por primera vez me abro ante ustedes, mis lectores, y les dejo entrar a esta parte de mí que me acompaña día a día: mis sentimientos y pensamientos. Y ¿por qué inicio hablando de esto?, pues porque creo que han sido la principal fortaleza para luchar a la hostilidad de un mundo que no está listo para mujeres como yo, que no temen a decir lo que piensan.


Nací y crecí en un hogar en el cual estaba bien si yo decidía jugar un día con muñecas o al otro día andar en mi bicicleta por todo el barrio y llenarme de tierra. Mi papá y mamá crecieron en el típico hogar nicaragüense, donde ya hay un rol predeterminando para hombre y mujer, pero ellos decidieron que mi crianza sería diferente. Crecer sin prejuicios me hizo borrar todo límite de mi cabeza. Pero estoy clara que ésta no es la situación para muchas mujeres y en mi primer contacto con el mundo exterior me topé con este choque de realidad; y no me refiero sólo a hombres queriendo perpetuar el machismo, sino también a mujeres que lo hacían.

La infancia es una etapa muy determinante en quién seremos como adultos y es un pilar para la construcción de nuestro carácter, personalidad y hasta vocación. Ser la mujer que yo quería, sin miedo a sentir, hablar y hacer, me hizo darme cuenta que mi propósito en el mundo era servir a los demás. La trinchera que escogí fue la naturaleza y mi conexión fue tan fuerte con esta causa que decidí que mi vida estaría por y para ella, pero en aquellos momentos no dimensionaba que mientras más me sumergía en las distintas situaciones del país, el tema ambiental iba de la mano de aspectos sociales, entre ellos, el de género.


Estaba tan metida en el asunto del ambiente que nunca presté atención al feminismo. En ciertas ocasiones algunas personas me preguntaban si yo era feminista, ante lo cual respondía que no. Primero, no estaba ideológicamente al tanto de qué consistía esto, y segundo, era mucha responsabilidad para mí lidiar con una etiqueta que sabía que acarreaba muchos cuestionamientos; no estaba lista para eso. Pero pensaba en cuál era mi imagen ante el mundo y por qué las personas me percibían como tal. Podría decir que lo mío era más un feminismo auto imperceptible, pero ahí estaba.


Cuando entré a estudiar ingeniera ambiental me llevé la sorpresa de que había notoriamente más mujeres que hombres. Un día un profesor de nuestra facultad dijo que era una “ingeniería blanda” y por eso la presencia de chicas era mayor. Por supuesto que yo, y muchas de mis compañeras, no estábamos de acuerdo con esto, nuestra profesión no es inferior a ninguna otra ingeniería. Creo que nosotras nos sentimos más llamadas a las causas ambientales porque hemos asumido nuestro rol de transformadoras y nos creemos en la capacidad de poder hacer esa diferencia que el mundo necesita. Fue con mis compañeras que viví muchos momentos que me demostraron de qué estábamos hechas y que para las mujeres de esta generación no existen las excusas.


Pero no todo era color morado, ya que cuando toqué otras realidades me di cuenta que muchas mujeres aún estaban atrapadas. Anteriormente hablaba que lo ambiental va ligado a lo social y esto me llevó a iniciar trabajos comunitarios en donde debía hablar con muchas personas y conocer su entorno. Acá me di cuenta que el empoderamiento femenino debía extenderse a otras áreas, y fue cuando logré entender que era mi responsabilidad también poder ayudar a estas mujeres a descubrir su potencial. Aún no he podido materializar este proyecto, pero espero pronto hacerlo.


Después de muchas situaciones decidí intentar mi primer acercamiento con el feminismo y el primer paso era leer e informarme. En mi pensamiento ya tenía todo un camino hecho y sólo necesitaba darle un nombre. Para mi sorpresa, me encontré con que existía una montaña de información, artículos, debates, opiniones, libros y demás. No sabía por dónde empezar. Pero, sobre todo, me llamó mucho la atención ver que había tantas derivaciones del feminismo y sentí que tenía de sobra para escoger. Según yo, todo iba de maravilla, me sentía identificada con la corriente que me llamó más la atención, pero algo inesperado sucedió.


Una vez conversaba con una feminista de larga data sobre esta nueva revelación para mí y le compartí que me sentía llamada a ejercer la ideología de determinada corriente; su respuesta fue contraria a lo esperado y me sentí muy desmotivada a continuar este camino. ¿Qué estoy haciendo mal? ¿Será que aún no entiende de qué va esto?, me preguntaba. Ya no sabía qué hacer y me encontraba tan perdida como al inicio.


Luego de este episodio pasó mucho tiempo para que volviera a intentar acercarme al feminismo. Hoy, con unos cuantos años más, lo entiendo de otra manera. Empecé a llegar a más espacios tan diversos que me mostraron que todas ejercemos el feminismo de diferentes maneras. Desde las chicas de distintos movimientos que luchan por nuestros derechos ante la dictadura de mi país, las ingenieras y científicas que he conocido en mi carrera y hasta el colectivo de ciclistas del cual soy parte recientemente. A todas, independiente de nuestro pensar, nos unen sentimientos en común: fuerza, valentía, determinación y, sobre todo, constancia.


Hoy, yo decido vivir mi empoderamiento a mi manera, con mis herramientas y mis ideales. Me concibo como una mujer fuerte, con las ganas de salir al mundo y no detenerse ante nada. Hoy decido llamarme feminista.

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