Magdalena Vega, El Salvador

¨Reí, lloré, soñé, me transformé en lo que quise. Fue en el teatro en donde escuché la palabra feminismo; tengo que decir que me asustó, era tan revolucionaria como el arte."


Ilustración de Natalia Fernandez y Male Cuellar de @namanama_sv, El Salvador


Soy la segunda de tres hermanas. Mi papá, un agricultor alcohólico de veintinueve años y mi mamá una adolescente de dieciséis, eso sí, casados por el civil y por la iglesia. Las tres generaciones de mujeres que me anteceden en mi familia materna nunca fueron a la escuela y se casaron antes de los 19 años.


A causa de la guerra civil en El Salvador, la familia se desplazó a la capital, San Salvador, cuando yo tenía dos años. Mi mamá cuenta que de niña le lloraba a mi abuela y le decía: mamá póngame a la escuela y mi abuela le señalaba la piedra de moler y le decía que esa era su escuela. Aún con todos los años que tiene mi mamá ahora, los ojitos se le ponen aguados cuando habla del tema. Por esto, se prometió a sí misma que sus hijas sí estudiarían.


Desde siempre, siempre, vi que la única que trabajaba en la casa era mi mamá. Mi papá siempre estaba borracho y gastaba el dinero de mi mamá y encima la golpeaba; ella no podía comprar nada con su propio dinero sin pedirle permiso a él. Fui a la escuela y terminé la educación básica pero salí embarazada a los quince años y dejé de estudiar.


Desde niña me hicieron sentir que ser mujer no era bueno. Mi papá siempre nos lo reprochó, y en la familia cuando una mujer tenía una niña siempre se le decía que había tenido un “pleito de chuchos”, un pleito de perros. En El Salvador esto significa que ser niña es un problema, ya que los hombres se pelearán por ella en algún momento, pero si la mujer tenía un niño entonces se había ganado la gallina, había que darle un premio por haber tenido un niño.


A mis veintisiete años, ya era madre de tres hijos y tenía una pareja que me golpeaba. Un día me golpeó delante de mi hijo mayor y siempre digo que, en ese momento, se me revolvió la vida al ver la rabia y la impotencia que mi hijo tenía en su cara. Fueron segundos en los que la historia de mi mamá me pasó como una película en la cabeza y me dije: o me voy ahora o no me voy nunca, y me fui.


No fue sino hasta los treinta y cinco años que me gustó el hecho de ser mujer, cuando por azares de la vida el arte llegó a mí, para ser más específica, el teatro. En el teatro aprendí que mi vida y la de las mujeres de mi familia no eran justas, pero al no conocer otra cosa, lo habíamos normalizado; fue ahí cuando me dije que iba a disfrutar ser mujer, mi sexualidad. Aprendí que lo más importante es cómo me veo a mi misma y el amor propio que, hasta ese momento, empezaba a conocer. Reí, lloré, soñé, me transformé en lo que quise. Fue en el teatro en donde escuché la palabra feminismo; tengo que decir que me asustó, era tan revolucionaria como el arte.


Yo había empezado a girar mi vida sin saber todavía que eso era feminismo. No soy conocedora de las corrientes feministas, ni siquiera sé si hay corrientes o si solo es una, lo que sí sé es que cuando logras revelarte ante algo como mujer, cuando empiezas a desmontar aprendizajes, las generaciones que te sucedan tendrán más oportunidades y eso es bueno para el mundo.


Ahora tengo cuarenta y un años y trabajo con mujeres de las comunidades dando talleres y es de lo más enriquecedor. Aprender juntas a crear redes de confianza, a no vernos como competencia y que conozcamos lo importante y lo maravilloso de ser mujeres; querernos a nosotras mismas. Ahora cuando me preguntan si soy feminista, digo que SÍ.

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