Joan M. Godoy Liere, Guatemala

"..tomé el coraje para declararme como tal en un mundo que nos juzga por no querer nada más que equidad"

Ilustración de Paola Domínguez Luttmann, Guatemala


Yo no era feminista hasta que escuché y aprendí el término en la universidad. Me autodenominé nomás, pues los valores ya los traía conmigo. Déjenme contarles un poco más…


Nací y crecí en Guatemala, un país pequeño y hermoso, con muchos colores en sus paisajes y en su gente. Empezando de adentro hacia afuera, en casa era la más pequeña al nacer después de dos hermanos hombres, inteligentes y bruscos también, cada quien a su manera. Eran muy deportistas. Yo me dedicaba a la danza y a ellos les gustaba ver y jugar cualquier cosa que involucraba actividad física. Yo soñaba con ser maestra y tocaba recurrir a los peluches como estudiantes. Mis ideas eran siempre las más pequeñas y las que quedaban de último. Cuando hacía cierta demanda de afecto, se me decía que tenía que ser fuerte, aguantar y seguir. Hoy lo agradezco.


De mi infancia recuerdo varias cosas. Entre ellas, una mamá que si bien se dedicó a cuidarnos y llevarnos de esquina a esquina por la ciudad, siempre trabajó y también priorizó su carrera profesional. Compartía los gastos en casa con mi papá y se compraba lo que se le antojaba, incluyendo cosas para mí. Recuerdo también a mi papá dibujando nuestro camino, recordándonos que había que estudiar en la universidad, salir del país a estudiar más y volver a hacer algo con ese conocimiento. Recuerdo sus palabras constantes: “Tienes que ser como tu mamá y tu abuela, arrechas, pilas, se mantienen solas y no dependen de nadie para tomar decisiones.” Hoy lo agradezco y recuerdo a mi abuela también.


Marta Enriqueta era su nombre. ¿Fuerte no? Es como si la hubieran nombrado para dejar marca y así lo hizo. Recuerdo su casa llena de libros y de música del mundo (en discos de acetato). Nació en 1930 y la recuerdo regia, interesante, y testaruda. Jamás quiso pintarse el pelo que desde joven se le puso blanco, abrirse las orejas para portar aretes, o correr al tiempo de las demás personas o las demandas de la época. Tomaba mucho café y recuerdo bien también su taza de la Unión Nacional de Mujeres Guatemaltecas (UNAMG). Años después le puse significado a esa taza y su círculo de amigas. Hoy sé que ella era feminista, definitivamente más valiente que yo, y lo agradezco.


Comencé a trazar el camino que me pintó mi papá y a seguir los pasos de mi madre y mi abuela, profesionales, inconformes las dos, y siempre buscando mejorar los espacios que lideraban. Tuve la dicha de ir a la universidad como pocas mujeres en mi país colorido la tienen. Tuve la dicha de tener tiempo para trabajar y estudiar al mismo tiempo y comerme los libros. Tuve la dicha de tener sed para explorar Guatemala y sus diversas realidades. Yo tenía la dicha de no tener que pedir permiso a diferencia de todas las mujeres rurales de mi edad (o más jóvenes) que tenían que negociar permisos con sus maridos para que pudiéramos coincidir en ciertos espacios. Me vestía como se me daba la gana, decía lo que quería, preguntaba de más y nunca tuve miedo. Vaya dicha la mía de vivir sin miedo y poder observar desde afuera la violencia, los temores, los patrones machistas, y las vidas tradicionales que a muchas les tocó escoger (si es que en realidad pudieron escoger).


En la clase de Psicología de Género, le empiezo a poner palabras a lo que yo pensaba. En cursos y congresos conocí a mujeres como Marcela Lagarde, quien puso teorías a lo que yo veía. En el feminismo encontré la definición de lo que es justo: una vida con las mismas oportunidades y accesos para todos los hombres y mujeres del mundo. De colegas y amigas orgullosamente feministas como Olga Paz, Mónica Pinzón, y Gloria Esquit (quien en revolución y paz descansa), tomé el coraje para declararme como tal en un mundo que nos juzga por no querer nada más que equidad. Hace más o menos 15 años me reconocí feminista y hoy lo agradezco también.


Hoy me rodeo de cientos de mujeres que creen y piensan lo mismo, y mujeres que luchan desde la intelectualidad y posiciones de poder por equiparar la balanza. También me rodeo de mujeres que no, que lavan la ropa de todos en casa porque les toca, que ganan poco o nada, mujeres que dudan de sí mismas constantemente y mujeres amigas que han huído de relaciones dominantes y abusivas.


Hoy sigo soñando con un mundo en donde ya no sea necesario que tengamos que describirnos como feministas. Sueño con un mundo con libertades, oportunidades y acceso; no sólo para las mujeres sino todos los grupos que no han tenido el privilegio de creer en sus poderes y transformar realidades desde allí. Mientras las estadísticas nos digan que 1 de cada 3 mujeres sufrirá de violencia en su vida, mientras nuestros salarios sean la mitad de lo que gana un hombre que hace lo mismo o menos que nosotras, mientras las niñas no puedan ir a la escuela porque sus padres no quieren invertir en ellas, mientras nos de miedo ir solas por la calle, y mientras se nos venda como objetos a cambio de dinero, vacas, o camellos sin preguntarnos nada, seguiré siendo feminista.


¡A toda honra! Por todas y por mi, seguiré siendo feminista junto a mi esposo que cocina mejor que yo, y a mis colegas hombres y mujeres que también lo son. Seguiremos siendo feministas hasta que el término se vuelva una cosa innecesaria y anticuada.

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