Ixchel Ayes Rivera, Honduras

"Estoy convencida que lo más importante es vivir el feminismo a diario, mientras tejemos redes de empatía y confianza para todas las mujeres y tomamos posición contra toda injusticia."

Ilustración de María José Carbajal Rivera, Honduras


Si resumimos el feminismo como la postura de creer y luchar por la igualdad efectiva de derechos para todas las personas sin importar su identidad o expresión de género ni su orientación sexual, puede que siempre haya pintado como feminista. Nací en Tegucigalpa y, hasta mi postgrado, siempre viví y estudié en la misma ciudad. Entre 1996 y 2001 cursé la primaria y era quien peleaba por espacios para que las niñas jugáramos pelota, o mejor aún, para que se nos incluyera en los equipos. Una vez adentro, no dejaba de pelear hasta que se nos confiara la pelota y los niños nos dieran pases reales.


Recuerdo que una de mis primeras denuncias por discriminación la hice en la escuela, tras haber visto cómo unas compañeras no habían sido aceptadas en el cuadro de palillonas*. Para mí fue obvio que, para las maestras a cargo, mis amigas no lucían como se suponía que debía lucir una palillona. Yo no veía ningún atractivo en ser una de ellas, pero si mis amigas querían, no entendía por qué no podían serlo. Crecí sabiendo que debemos poder decidir qué queremos hacer y en qué espacios involucrarnos.


Mis padres siempre nos han dejado elegir a mis hermanas y a mí. No fui bautizada ni me perforaron las orejas siendo bebé. De hecho, la ausencia de aritos junto con mi corte de “honguito” hacía que me preguntaran, al conocerme un día en que yo vestía de pantalón, si era niño o niña. No me ofendía, pero tampoco entendía por qué eso importaba tanto.


Hubiese querido siempre seguir siendo esa niña con carácter y convicción de no callar algo que me parecía incorrecto. Lastimosamente creo que durante la secundaria ese carácter se vio aplacado por el temor al “qué dirán” que tanto presiona a las adolescentes. Me cansaban los juicios ejercidos sobre todas las chicas y la curiosidad de si algunas eran vírgenes o no (como si los varones tuvieran derecho sobre nuestras vidas privadas), pero no pude denunciarlo. No supe entenderlo como el acoso que realmente significaba hasta muchos años después. En ese entonces, me limité a distanciarme de todos mis compañeros que aplaudían cuando alguien contaba cómo se había “topado” a alguna compañera y a aquellos que se reían complacientemente de los chistes misóginos de algunos profesores.


En la adolescencia probablemente no entendía nada, ni qué pasaba conmigo ni con nosotros como sociedad. En el colegio no se hablaba de acoso y la educación sexual fue (y sigue siendo) completamente omitida por el sistema público en el que estudié por cuatro años de secundaria. Mi último año lo cursé en el colegio católico donde todo eso era casi un tabú. De lo que sí se hablaba era de lo “fuera de lugar” que estaba el cómo vestíamos, hablábamos y nos comportábamos algunas chicas, del ideal de dama que debíamos cumplir y de nuestra responsabilidad en “darnos a respetar”.


Aún en la universidad era obvio cómo, por ejemplo, el embarazo de una compañera se convertía en un tema de conversación popular, al punto de ser un escándalo, como si fuese asunto de importancia pública. Fue en esa etapa universitaria en la que decidí tomarme el tiempo de buscar información sobre derechos humanos y feminismo. No es casualidad que haya sucedido en 2009, tras un Golpe de Estado que nos llevó a las calles a miles de jóvenes que, hasta entonces, no nos habíamos cuestionado lo suficiente el status quo y mucho menos nuestro rol transformador en la sociedad. No sólo estábamos en contra de las élites económicas y políticas que promovieron y financiaron el Golpe, principalmente exigíamos (y seguimos exigiendo) el respeto a los DDHH y justicia.


Siendo universitaria fui consciente de mis privilegios. Hice voluntariado, leí, soñé, viajé y todo, absolutamente todo ha sumado, incluso lo que en su momento, dolorosamente, parecía restar. Sumó cada viaje (de metros o kilómetros), cada persona con la que me he cruzado y con quienes he podido compartir una plática. Hoy sé que cada paso me ha llevado a aprender que nuestras acciones en la cotidianidad sí pueden hacer la diferencia.


En un momento me cansé de la universidad, de lo vacía que me sentía al vivir en esa burbuja de privilegios que no se cuestionaba nada y no mostraba ningún interés por lo que sucedía afuera. Me desligué un rato y fui maestra voluntaria en Nicaragua. Luego, al graduarme de la universidad, fui maestra de primaria. Llegué a cuestionar el modo en que entendemos y ejercemos los procesos de enseñanza, pero sobre todo, cuestioné el cómo se etiquetaban a los y las estudiantes. Era claro que se reforzaban los estereotipos y roles de género al llamar “princesa” a las niñas mientras se tildaba de “problemáticos” a algunos niños, sin siquiera importarles lo que podían estar viviendo en sus hogares.


Desde entonces, estoy convencida que el trabajo de hormiga es importantísimo. Me quedó claro cuando ante el uso de la frase “que niña que sos” como un insulto (dicho por un niño a otro), la reflexión no vino de mí como maestra, sino de la única niña del curso, quien respondió con tono sólido, fuerte y hasta desafiante “¿Y por qué el ser niña sería algo malo?” Años después espero que si esta chica recuerda algo de mí, siga siendo esa convicción de que ser niña y mujer en ningún momento podrá ser sinónimo de debilidad.


Conozco el trabajo de algunos movimientos y colectivos feministas en mi país, pero todavía no me he dado la oportunidad de formarme y militar en uno. Sin embargo, estoy convencida que lo más importante es vivir el feminismo a diario, mientras tejemos redes de empatía y confianza para todas las mujeres y tomamos posición contra toda injusticia.


El 2020 trajo consigo mucho aprendizaje, a pesar de lo doloroso que este pudo llegar a ser. Ese año sumamos esfuerzos con una amiga para exigir una investigación a sujetos que ejercían acoso, abusos de poder y violencia mientras dirigían la organización en la que hice voluntariado por mucho tiempo y en la cual llegué a laborar en dos ocasiones. Mi amiga y yo habíamos denunciado esas situaciones en 2019 pero, tras un año de haber sido ignoradas, prestaron atención a lo que decíamos tras recibir una denuncia por violación, un año después. Dicha denuncia provocó el despido de uno de estos sujetos, pero él recibió una carta de recomendación y a la víctima se le pidió discreción. Al revelarse esto, se sumaron otras dos denuncias por violencia sexual del mismo sujeto y realizaron la investigación donde comprobaron la verdad de todo lo que en 2019 alertamos mi amiga y yo, pero decidieron ignorar. Hoy seguimos a la espera de que cumplan con más acciones para que la organización sea un espacio seguro.


Durante todo ese año fui abrazada sororamente por mujeres geniales y he podido estar ahí para amigas que tuvieron que buscar un aborto clandestino y para otras que valientemente rompieron el ciclo de violencia doméstica para salvaguardar su integridad y las de sus hijas. Ninguna de ellas se auto-reconoce como feminista, sin embargo el feminismo que he querido vivir, con ideales de justicia, de inclusión y la no aceptación de prejuicios, fue lo que permitió que ellas encontraran en mí un espacio seguro. A ellas les doy gracias por confiar en mí y al feminismo le doy gracias por darme la fuerza de estar para ellas.


Estoy convencida de que el feminismo necesita de acciones de todos los tamaños y en todas las trincheras; desde el acompañamiento íntimo que podemos dar a las mujeres que amamos hasta el grito desafiante, colectivo y público que tanto urge.




* En Honduras llamamos palillonas a las bastoneras. Usualmente para los desfiles realizados por la independencia, todas las escuelas y colegios participantes forman un cuadro de palillonas que acompaña la música de las bandas marciales con bailes y, a veces, con acrobacias.





537 vistas0 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo