Grettel Salazar Chacón, Costa Rica

¨Se nos enseña a ser , a hacer y a querer según nuestro sexo y no según los deseos del alma. Deseos que muchísimas veces también son ideales políticos."

Ilustración de Andrea Mahnke, Chile.


Nací en un pueblo de campos verdes, aire puro y puertas de las casas abiertas todo el día, se los juro, así de lindo como se lee. Un pueblo hermoso que lamentablemente, también tiene el machismo muy naturalizado. Para ilustrar ambas cosas, casi todo el mundo te sonríe en la calle y casi ningún hombre se sirve su propia comida.


Adoro a mis padres con todo mi corazón, pero de manera especial, admiraba el trabajo político y social de mi papá en el ámbito local. Siempre estaba en reuniones, hablaba de temas que parecían trascendentales y constantemente podía verlo tomar decisiones que impactaban la comunidad. Al lado suyo, había otros hombres y también mujeres. Mujeres que cocinaban y servían el café en las reuniones... no por eso menos importantes, por supuesto, pero siempre me pregunté, ¿tendrían más cosas que decir?


Mi mamá, un ejemplo impecable de bondad y paz interior. Siempre estaba en casa, preparaba la comida para las reuniones políticas de mi papá y avisaba cuando estaba servida, pero pocas veces la vi salir a relacionarse con la gente. Ayudaba a la comunidad desde la casa, casi siempre cocinando y más por efecto colateral de la participación de su marido. Esto, claro está, no le quita nada a la persona maravillosa que es.


Les cuento esto porque se nos enseña a ser , a hacer y a querer según nuestro sexo y no según los deseos del alma. Deseos que muchísimas veces también son ideales políticos. Mis padres no escaparon a eso y yo sigo intentando escapar cuando considero que es lo mejor. Más o menos de eso se trata ser feminista para mí.


Tenía 5 años y en el preescolar la niña moderaba el diálogo, pero el grupo decidía los temas (aprendí que se le dice niña a las maestras, sobre todo a las que no están casadas o son más jóvenes, mientras que a los hombres solamente se les dice profe; el primer adjetivo hace énfasis en el género, el estado civil o la edad y el segundo resalta la profesión). Melvin levantó la mano y dijo: “Yo si me quiero casar, yo tengo novia”. La niña pregunta quién es “la afortunada” y él, con la tremenda seguridad que le caracteriza, dijo: Grettel. Sentí que mi cuerpo se descomponía, ya no participaba más de la carcajada colectiva que segundos antes disfruté. ¿Por qué nadie me preguntó si quiero ser su novia?


Rompí a llorar. La maestra trató de consolarme pero no lo logró hasta que mi mamá llegó por mí. Aquél día, llorar e irme a casa fue mi forma de decir que no aceptaba ser la novia de alguien sin que yo estuviera de acuerdo. Permitir que me fuera y que yo misma decidiera cuándo me sentía a gusto para volver, fue apoyar mi autodeterminación como mujer. Quizá mi mamá no lo veía así, pero siguió su corazón, lo hizo y es uno de los pocos recuerdos claros que tengo de esa época.


Pasaban mis nueve años y mi maestra de cuarto grado organizó una votación para elegir la presidencia de la clase. Realmente quería ganar, me encantaba liderar espacios como había visto a mi papá hacerlo toda su vida. Melvin, el mismo del kínder, era encantador (de hecho aún lo es), lograba hacer reír a cualquier persona con la que interactuaba, llenaba de energía los lugares a los que llegaba y tenía una influencia bastante evidente en todo el grupo. Compartíamos mucho cariño y complicidad y éramos las dos opciones a la presidencia.


Di mi discurso con una seguridad que hubiera querido tener en muchos otros momentos de mi vida. Luego, hice algunas preguntas a Melvin y él empezó a llorar, diciendo que yo estaba mejor preparada que él. La votación resultó a mi favor, pero a pesar de mi alegría, enfrenté el dilema de si debía ceder el puesto a Melvin para que no llorara. Modestia aparte, estaba de acuerdo con él en que yo estaba mejor preparada, pero a esa edad ya había aprendido que debía cuidarle, protegerle, evitar su dolor.


Sin entenderlo en ese momento, aceptar el cargo y ejercerlo con pasión, fue una afirmación de que no debía ceder el poder político que merecía y para el cual estaba capacitada. Para dicha de quienes aprendimos algo de aquella situación, tuve al lado una educadora que me escuchó, validó mis capacidades y me hizo ver que no debía renunciar a lo que merecía.


Era una adolescente y regresando a casa en autobús, luego de visitar a mi abuela enferma, un hombre se masturbó en el asiento al otro lado del pasillo. A mis 14, al cruzarme un grupo de chicos en una acera, uno de ellos aprovechó el movimiento y pasó su mano entre mis piernas. ¿Tengo que explicar el terror que sentí en ambas ocasiones?


Años después, cuando logré vencer la culpa y la vergüenza que aquellas situaciones me producían y empecé a narrar ambas experiencias, me di cuenta que todas mis amigas tenían historias similares. Mujeres de otros pueblos, mujeres de ciudades, mujeres de diversos países, mujeres de otros continentes. Todas, sin excepción, pasaron por algo así alguna o más veces en su vida. ¿Alguien puede saber esto y no indignarse profundamente?


Mis épocas de secundaria y universidad trajeron muchos momentos que afirmaban aquella determinación que ilustré antes. Cuando tuve problemas para mi primera matrícula de carrera, mi mamá sugirió que me quedara en casa a coser, pero mi hermana, al verme asustada, dijo conocer la universidad y me acompañó. En realidad ella no había ido nunca y no tenía idea de cómo llegar, pero disimuló y su paz fue también la mía. Su paz, aún es la mía cuando la necesito.


Definitivamente mis clases de universidad en una facultad con un marcado enfoque de Derechos Humanos y feminismo (con sus evidentes y aberrantes excepciones, claro está) fue un punto determinante para guiar mi posición política ante los temas de género y poco a poco la teoría empezó a volverse algo cotidiano:


Ahora encontraba un motivo claro para la molestia por el silbido en la calle. El toqueteo innecesario del dueño de la pulpería al darme el cambio, ya no me parecía una incomodidad personal, sino un asunto de interés público. Ahora estaba segura que el cuestionamiento del novio de la amiga a su forma de vestir, no era algo aceptable. Ahora podía ver, claramente, el hilo que unía los chistes machistas de las redes sociales, con las expresiones más violentas de la desigualdad de género.


También hubo y hay momentos en que no logro darle voz a mis derechos y deseos con la naturalidad que lo hacía de niña, momentos en que la práctica cotidiana me demuestran que aún me queda trabajo en la interiorización de mis ideales y en su integración a mis prácticas más íntimas de relacionamiento conmigo misma y con las demás personas.


En mis relaciones de pareja, por ejemplo, experimenté los golpes más duros de las ideas patriarcales del amor romántico y la sumisión, cediendo mil veces mi poder personal ante la culpa y la manipulación. Una de las pocas veces que mi mamá me habló de amor, con dos tazas de chocolate caliente al frente, me dijo: “su abuelita enfermó de tristeza al no superar lo que su abuelo le hizo...no puede usted permitirse lo mismo”. Le habrá costado muchísimo poner en palabras su preocupación en un tema tan lejano a nuestras conversaciones, pero lo hizo y me conmovió en lo profundo. Eso se conviritó en un impulso importantísimo para esforzarme aún más por interiorizar aquellas ideas de libertad y autodeterminación que tanto predicaba. Algunas veces la fuerza solo me ha alcanzado para intentarlo, otras veces lo voy logrando. Lo más importante es que lo hago por mí y lo hago por todas.


También ahí, en la trampa repetitiva de romantizar relaciones nocivas, experimenté un nuevo elemento para afianzar mi posición feminista: el amor profundo y genuino de la sororidad. He recibido sororidad de amigas cercanas que me abrazaron una y otra vez, respetando mi proceso por absurdo que parecía. He construido sororidad en el encuentro íntimo del dolor con aquellas mujeres que debían ser mis rivales según el mandato patriarcal, pero que, desafiando esa tentación, fueron guías amorosas para recorrer el camino de vuelta a mi centro, reconectar con la determinación de mi niñez e intentar, cada día y todos los días, vivir desde el amor en su sentido más universal.


La indignación naturalmente humana ante la injusticia y la violencia, el abrazo, las acciones y las palabras pertinentes de otras mujeres, la universidad, las conversaciones fraternas en grupos de amigos/as, conocidos/as y hasta desconocidos/as... Una compleja red de elementos que todos los días promueven y alimentan el privilegio de construir mi posición feminista y reinventarme a mí misma en el proceso.


Según yo, esto de ser feminista no se trata de ser o alcanzar un producto terminado, sino de resignificar y construirme/nos todos los días.

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