Gnosis Rivera, República Dominicana

"Mi feminismo -porque lo realizo y lo hago mío- es uno muy distinto al que pueden defender con orgullo muchas compañeras que insisten en separarse de sus pares, sean estos hombres o mujeres."


Ilustración de Killia Llano, Repùblica Dominicana.


Eran cerca de las once de la noche y llegaba de compartir con algunos amigos de la universidad. Tengo fotografiada la escena en mi mente. Estábamos en el umbral del pasillo que daba a las habitaciones y recuerdo con exactitud la luz mediana que se escapaba desde las puertas abiertas. Él había dicho – (...)… a estas horas de la noche solo hay dos tipos de mujeres en la calle: Una mujer que esté con su esposo o un cuero.- Tal declaración, que no parecía ser reclamo o algo similar, puesto que no había salido de la casa sin permiso, era toda una sentencia para mí. Tendría yo algunos diecinueve o veinte años. Dirigí la mirada a mi padre y fui a mi habitación, no sin antes decirle con toda la parsimonia posible: - Está claro que yo no soy casada.-. Para darles una idea de lo que acababa de ocurrir, mi padre prácticamente dijo que yo bien podría pasar por prostituta, ya que el término cuero se usa en mi país para referirse a una mujer que ejerce la prostitución.


No era la primera vez que mi padre establecía ante mí ideas de tipo machista, dejando claro la abismal diferencia que, según él, existe entre hombres y mujeres, no solo ante la sociedad dominicana, una bien conservadora y de doble moral, sino ante la propia mujer, que al no entender o aceptar tal diferencia termina degradándose. Así las cosas, era criticada si usaba blusas sin mangas, pues una mujer “decente” no sale a la calle con blusas que muestren sus hombros y axilas. Incluso pasaron muchos años antes de que usara minifaldas, ya que se entendía como una provocación para los hombres.


Fui una niña respondona. Mis opiniones en el colegio siempre marcaban la pauta del asombro de los maestros y maestras y la admiración de algunos compañeros y compañeras. En mi casa no era distinto. Siendo la segunda de tres hermanas, me doy cuenta de que no solo era el clásico cheddar del sándwich, también era distintísima en mi proceder con los varones y la mayoría de mis amistades estaba formada por chicos. Yo me sentía una chica muy alegre y divertida, pero en palabras de algunos familiares yo era una chivirica, otra palabra alusiva a la mujer fácil. Me guardaba pocas opiniones, lo cual me valió más de una reprimenda. Siempre fui de comunicar y decir qué pensaba y sentía. Esto no excluía lo social ni lo político, aspectos que siempre fueron de mi interés y sobre lo que conversaba con amigos y amigas siempre que podía.


La memoria afectiva que se instaló en mí esa noche, cobró mucho más carácter según me expuse a otros imaginarios sociales tejidos sobre el concepto mujer. Familiares me señalaban como la chica que haría todas las cosas que producen tormento en la familia, esto es, quedar embarazada sin estar casada, estar siempre en discotecas, o tener muchos novios. Para la década de los noventa, en República Dominicana y seguro en muchos otros países de la región, quedar embarazada fuera del matrimonio era una verdadera vergüenza, y yo solo me preguntaba qué de malo habría en mi comportamiento para dar pie a tales sentencias, cuando ni siquiera estaba interesada en el sexo, ni en los bares. Yo solo era alegre y conversadora.


No faltó mucho tiempo para que me diera cuenta que todo estaba realmente torcido, y de ese mismo modo me convertí en un incordio en muchos escenarios. Porque en mi sociedad una mujer que contesta, que rebate y debate, que se conecta con lo que siente y lo manifiesta, es una mujer complicada, rebelde, que no se sabe portar, y es entonces cuando cobra más fuerza en mi la idea de no instalarme en la dinámica de las desigualdades. Para muchas mujeres y hombres, ser sumisa y no discutir, es un juego de poder al que ambos se prestan, muchas veces a conveniencia, así “nadie sale perdiendo” y todos quedamos en paz. Esa paz no me interesa en lo absoluto.


Aun habiendo publicado algunos ensayos sobre la mujer, el feminismo y la cultura patriarcal y falocentrista en mi país, nunca se me ocurrió autonombrarme feminista. Recuerdo haberle dicho a un amigo que, dado el curso de los acontecimientos actuales, no concebía que una mujer no fuera feminista. Me parecía redundante proclamarme como tal. Claro, reconozco que estaba viendo el mundo desde mi propia perspectiva, sin embargo, un detalle aparentemente nimio cambió mi apreciación. Corría un tiempo de elecciones del poder legislativo en el país y un amigo me había pedido que votara por un candidato al cual yo no conocía. Tiempo después, supe que este candidato había echado un vistazo a mi perfil en Facebook y comentó: "Ella no va a cambiar su voto por mí; es feminista".


Yo solo atiné a decir -¿Feminista? ...¿Y por qué...? Luego reparé en el contenido de mi página y me di cuenta del común denominador en él: opinión e idea propia, rechazo visceral a cualquier forma de injusticia, segregación o negación de derechos; además de que me doy el lujo de emplear palabras y términos que no son bien vistos en mi sociedad cuando las usa una mujer, pero que suelen emplear sin mayor problema los hombres. También estaban mis planteamientos sobre la objetivación sexual de la mujer, la hipersexualización empleada en la publicidad, mi enfoque sobre la violencia de género y muchos temas más. Entonces yo no pensaba feminista, pero me asumí como tal al advertir que por definición era lo que describía al ser que me ocupaba.


Mi feminismo -porque lo realizo y lo hago mío- es uno muy distinto al que pueden defender con orgullo muchas compañeras que insisten en separarse de sus pares, sean estos hombres o mujeres. El feminismo en el que creo, tiene como misión la resignificación de lo femenino, el (re)encuentro de la mujer consigo misma y su poder, supone un cambio en el relato del ejercicio de ese poder desde roles femeninos, sin necesariamente negar la dimensión masculina. Y por supuesto, el feminismo al que apuesto y el que construyo, busca la cimentación de una nueva masculinidad, rescatando al hombre de una trampa en la que él mismo está empantanado, de ahí que reconoce y abraza al hombre feminista.


Es un feminismo que no abandona la lucha, la replantea, descubriendo a la propia mujer como ente activo del relato patriarcal, no solo como víctima, sino como gestora multiplicadora alienada, y por transitividad, alienante. Es un feminismo que se aplaude los logros, y al mismo tiempo tiene en agenda la renovación de su estructura con miras a comprender tareas pendientes que la mujer mantiene consigo misma. Y sí, yo no era feminista, me descubrí siéndolo ¡y me encanta!

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