Gabriela Quemé Barneond, Guatemala

"Aprendí que no hay mayor amenaza para el patriarcado que una tribu de mujeres leyendo, coincidiendo, cuestionándose, amándose y creciendo juntas en sororidad"

Ilustración de Karen Lucía Lara Reynoso, Guatemala


Mi nombre es Heidy Gabriela Quemé Barneond. Desde que tengo memoria he escrito mi nombre completo. En los exámenes del colegio, en las tareas de la universidad, ahora en los formularios en línea, siempre lo he escrito completo. He buscado reivindicar el apellido de mi mamá, porque lo que no se nombra, no existe. Diríamos las feministas. A mis 29 años vivo con mi pareja, en un barrio antiguo de la Ciudad de Guatemala, la zona cinco. Estar acá es un sueño hecho realidad. Un privilegio. El cual estoy consciente de que muchas mujeres en este país no tienen. En el país de la “eterna primavera”, solo el 6% de las mujeres podemos acceder a un crédito hipotecario (¡seis por ciento!), así como también, en la región centroamericana menos del 40% de nosotras tienen una cuenta bancaria (¡cuatro de cada 10 mujeres!). Cruda. La realidad es cruda en estas tierras. Y estoy hablando de derechos económicos, no hablemos del hecho de que una joven se haya ido a vivir con su pareja antes de haberse casado. ¡Ush! ¡¿Cómo se atreve?!


Regresando a mi barrio, tengo a dos cuadras el mercado, en donde compro fruta y verdura fresca. A media cuadra venden tortillas del comal y tacos mexicanos en la esquina. Es un barrio tranquilo, altamente religioso, rodeado de iglesias y no venden alcohol en las tiendas. Es una pena jajaja. Dicen que es tranquilo, pero ¿tranquilo para quién? El acoso callejero es inherente. Ya me pasó. En fin, a pesar de que acá hay pocos árboles, todas las mañanas escucho a los pajaritos en mi balcón y, a veces, se asoman a mi colección de suculentas en la terraza. Estoy altamente agradecida con la vida que tengo en este momento. A veces, es duro sostenerla. No es nada fácil coordinar dos trabajos, aportar a los cuidados del hogar, ir a terapia grupal, mantenerse activa en la comunidad feminista, hacer mis lecturas, regar las plantas, cuidar de mí misma, estar para las amigas, estar para la familia, comer sano, etc., etc., etc. Pero si de algo estoy agradecida, es que hoy no lograría equilibrar nada de esto sin la comunidad que me rodea, mis redes de apoyo y de cuidado y, sobre todo, mis amigas feministas.


De pequeña siempre fui la niña colocha, guerrera, un tanto irreverente, del salón de clases. Recuerdo que una vez, en el colegio de monjas en el que estudiaba al que solo íbamos niñas, una de ellas gritó en la clase: ¡Cucarachaaa!, y todas empezaron a alborotarse. En eso, la maestra dijo en voz alta: ¡Que la mate Gaby!, y yo, cual misión imposible, salí comprometida al rescate de mis amigas para aplastar al monstruo (es un clásico, que les enseñen a las niñas a temer a los insectos), pero esa no era yo. Yo era la niña de seis años, valiente, lideresa, a la que siempre ponían al frente en las coreografías de baile y eso me forjó como una niña muy fuerte. No tenía miedo, usaba mi voz, mis energías y mi creatividad. Lo que en ocasiones me llevó a verme como “conflictiva”, pero que para mí, era libertad.


Así fue avanzando el tiempo, era estudiosa, deportista y presidenta de mi clase. En mi casa, me enseñaron a pensar y a ser independiente. Siempre digo que si algo hicieron bien mi mamá y mi papá, fue haber creído en mí. No importaba quién quería ser o qué quería hacer, mi mamá y mi papá creyeron que podía lograrlo, y eso, me hace ser la mujer que soy hoy.


Además, de pequeña leíamos juntas con mi mamá por las noches. Leíamos la literatura del colegio, historias de fantasía, novelas, libros en inglés e incluso leímos la Biblia entera como proyecto de un año juntas. Escuchar a mi mamá leer era una aventura; entonaba bien las palabras, hacía pausas y vinculaba perfectamente las oraciones. Admiraba su forma de leer y aspiraba a hacerlo como ella. Aparte de leer juntas en las noches, mi mamá también me escribía cartas de pequeña. En esas cartas me contaba qué estaba haciendo yo a esa edad, qué estaba pasando a mi alrededor, lo que ella pensaba de mí, e incluso a escondidas agarraba de mis calcomanías y marcadores de colores para hacer la carta más bonita y que a mi me gustara. Sus cartas eran a mano. Las conservo al día de hoy, son para mí, un tesoro. De esta manera, la lectura y la escritura son algo que siempre le voy a agradecer a mi mamá, quien me formó como feminista, pero nunca lo supo… y que no se nombra feminista, pero por quien hoy, yo si me nombro.


Mi camino en los feminismos inició de una manera muy solitaria. Después de una etapa difícil en mi vida, decidí abrirme a otras posibilidades. Me mudé fuera de casa, empecé a indagar en diversas espiritualidades, terapias, grupos de apoyo y a explorar los feminismos, siempre a través de la lectura. Solo fue en la reflexión política, la deconstrucción, el cuestionamiento y las experiencias de otras mujeres en los libros, que pude sanarme. Los feminismos me ayudaron a reconciliarme conmigo misma, me liberaron, me llenaron y me abrazaron, como solo los relatos de otras mujeres pueden hacerlo.

Pero para ese punto, yo sola con mis libros, no me sentía feminista. No podía nombrarme así, como las feministas empoderadas de las noticias, con sus pañuelos al cuello, el humo verde y morado y las consignas. Yo no tenía una comunidad o una colectiva, así que un día navegando por Internet vi una venta de camisetas que decían: “Feminista” y decidí comprarme una. Con un poco de miedo e incertidumbre decidí ponérmela, con la gran certeza de que esta camiseta iba a ser un gran paso para mi autonombramiento público como feminista. A veces, algo tan pequeño como una camiseta feminista te pueden dar la fuerza para reconocerte como tal. Recibí cuestionamientos y felicitaciones, unos bienvenidos, otros no; pero sí de algo estoy segura es que esa camiseta me ayudó a decir lo que yo no podía decir, que yo soy feminista.


A partir de ello, empecé a empaparme más de los feminismos, ¡se vino la marea! Videos, fotos, conferencias, libros, todo; y con ello pensé que podría ser una buena idea formar un Club de Lectura Feminista con algunas amigas que quisieran aprender más del tema, y que tampoco tenían una comunidad, como yo. Y así espontáneamente durante una pandemia en el 2020, el ClubFem nació. Una comunidad de hermanas maravillosas y super cracks, con quienes nos acompañamos, no solo a través de los relatos de otras mujeres, sino desde la sororidad, la complicidad y la amistad política. Nombrarme feminista empezó como un camino a solas con una camiseta, pero en el que ahora voy acompañada de un ¡torrente de mariposas! Los feminismos me dieron, a mi y mis amigas, la posibilidad de vernos unidas, coincidiendo y leyendo, no como un acto cotidiano y privilegiado, sino como un acto político emancipatorio que sabemos que hace temblar al patriarcado. Porque como diría Coral Herrera: “Ahora, más que nunca, necesitamos querernos, apoyarnos, acompañarnos, formar redes de tribus, retomar los espacios públicos, salir a las calles a encontrarnos… para que el amor nos alcance a todas”.


Junto al ClubFem aprendí que no hay mayor amenaza para el patriarcado que una tribu de mujeres leyendo, coincidiendo, cuestionándose, amándose y creciendo juntas en sororidad. Gracias ClubFem por ser mi tribu, gracias mamá por ser mi cómplice y gracias a vos, feminista nombrada o no nombrada, porque es por vos y por todas que estamos aquí. ¡Se va a caer!

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