Eunice Rodríguez, Honduras

"...quiero ser la voz de esas mujeres que ya no pudieron hablar, seré la voz de las que aún guardan silencio en la oscuridad de esa habitación"

Ilustración de Monserrat Navas Borja, Ecuador


Un día lluvioso de mayo, con tan solo siete años de edad, escuché a mi madre que me decía: "debes vestirte como una niña y esos colores son de varones". En ese momento me cuestioné, ¿qué tenía de malo como me vestía o los colores que usaba? Eso me marcó y cada vez que me ponía al frente del espejo lo que veía no era “YO” sino una imagen que mi madre deseaba ver. Además, luchaba por encajar en la escuela y me di cuenta que si había algo más que nos diferenciaba (no me refiero a la parte biológica); sino que las niñas se les vestían como princesas, se identificaban con los colores rosas o pasteles y los niños se creían súper héroes y tenían sus propios juguetes y colores. Y eso no terminaba ahí…cuando la maestra preguntaba: "¿qué te gustaría ser de grande?" Las niñas respondían que soñaban con ser modelos, princesas, casarse, entre otras cosas; y ellos hablaban sobre ser futbolistas o presidentes. En esos momentos de silencios, mi cabeza daba vueltas de lo que yo deseaba ser; inmediatamente me levanté de mi silla y respondí: "yo quiero ser una actriz de teatro, ese es mi sueño, ¡ah! y no pienso casarme o tener hijos", todos guardaron silencio, la maestra se sonrió y al acercarse a mí, me dio unas palmaditas en la espalda y me dijo: "muchos te dirán que se te pasó el tren, pero no hagas caso de eso… sigue tu sueño y espero verte algún día actuar en el Teatro Manuel Bonilla". Y así comenzó mi lucha ante todas estas desigualdades y estereotipos…


Llegué a mi adolescencia y tenía más cosas a cuestionarme; veía el trato que tenían los compañeros sobre nosotras en el colegio, donde las mujeres somos más expuestas al acoso sexual, o esa hipersexualización que hacían énfasis por nuestros cuerpos ("ya te ves madurita, hoy si ya podés tocar el timbre, así me gustan pollitas y vírgenes"); a veces, en nuestra ignorancia, nosotras respondíamos con risas y vergüenzas. ¿Pero qué pasa cuando ya no aceptas esos “piropos” de los demás? Bueno, a los 14 años por defenderme golpeé a un compañero porque quiso besarme a la fuerza y cuando le dije que no… él comenzó a gritarme: "ERES UNA PUTA, NEGRA, FEA". Al exponerlo frente al director, éste pidió que mi compañero hablara primero y que diera su versión; él comenzó a inventar cosas, me levanté y dije: "¡eso es mentira! Porque sea mujer, no quiere decir que él me tiene que irrespetar, además dije 'no' y él continúo ejerciendo fuerza sobre mí, comenzó a meter su mano por debajo de mi falda, y por eso lo golpee". Nunca había sentido tanta rabia y al mismo tiempo desprotegida para enfrentarme a dos hombres en ese momento; el director al verme tan molesta y apunto de llorar, me calló: "¡deje su histeria! usted no debe hablar cuando no se le ha dado la palabra, respete a su compañero". No entendía por qué debía recibir un castigo por denunciar al acosador y mi castigo fue la expulsión de dicha institución. Desde ese momento mi lucha se fue intensificando, al ver a una amiga o compañera que fuera agredida por otra persona las defendía y nos uníamos varias para acompañarnos (hasta para ir al baño) con el objetivo de no quedarnos solas en espacios donde había solo chicos.


A los 17 años que comencé en el mundo del arte, conocí las luchas que habían tenido muchas mujeres y sus logros a través de la historia, y yo quería lograr ese mismo objetivo. Queriendo romper con mi molde familiar gitano (nuestra costumbre es que las mujeres deben ser amas de casa, cuidar del esposo, casarse, tener hijos, depender económicamente del esposo), nunca pude aceptar eso y decidí rebelarme en contra de mí familia, me convertí en “LA OVEJA NEGRA” al decidir por el teatro y no a una vida común y corriente. El teatro me abrió las puertas de la mente y expandió mis horizontes. Pero esas luchas también las encontraría allí adentro; me tropecé con el mismo desafío del acoso sexual que venía arrastrando desde la adolescencia, ahora esos monstruos se escondían detrás de la máscara. El acoso era abrumador, para él… divertido. Me aguanté muchos años así, surgió una ruptura y fui despedida del lugar, puse la denuncia con la encargada de la compañía teatral sobre el acoso laboral y sexual que me hacía esta persona y que tenía testigos, pero nadie me creyó. No pude denunciarlo de manera pública por miedo y preferí callar. Eso me despertó y, en el año 2019, me llamó el interés de involucrarme en el movimiento feminista y ¡no es nada fácil!, peor en esta tierra que me vio nacer, mi Honduras, donde cada 36 horas asesinan a una mujer. En este año 2021, según datos recopilados por el Observatorio de Derechos Humanos de las Mujeres del CDM, hubo un registro de 63 muertes violentas de mujeres en los medios de comunicación, 5.229 denuncias por violencia doméstica, 3.745 por violencia intrafamiliar, 53 denuncias por violación y 46 denuncias por acoso sexual. Este país que ha cargado el dolor de muchas mujeres, donde se nos sigue privando de nuestros derechos de vida, el derecho de vestir, el derecho de nuestra sexualidad, a la educación, a la salud, a la independencia laboral, etc. Es un reto que vivo y vivimos muchas mujeres, ese reto de poder desprogramar a esas personas que nos satanizan cada vez que nos ven en las calles o en las redes sociales, que han servido para desmitificar el trabajo del feminismo cuando te llaman: "Feminazi, asesina, loca, lesbiana", entre tantas palabras de discriminación no sólo como mujer sino ahora como feminista. Lo más importante de vivir con el feminismo, primero es poder entender el feminismo desde sus orígenes; segundo es desaprender lo que nos han enseñado desde nuestros hogares de romantizar la violencia como algo natural, luego es seguir en la lucha de esa libertada no desde el punto de vista que la sociedad nos la ha impuesto.


“Quiero ser libre y volar lo más lejos, sin ver atrás. No quiero callar esos secretos que me han herido, quiero ser la voz de esas mujeres que ya no pudieron hablar, seré la voz de las que aún guardan silencio en la oscuridad de esa habitación”.

Eunice (Endriago)


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