Eugenia Guareschi, Argentina

¨Ante la desilusión, lo que me salvó la vida fue la participación comunitaria. Afuera de la academia, en los barrios, las mujeres ponían patas para arriba todo lo que me enseñaban en las aulas.¨

Ilustración de Paula Bustamante, Chile.


Nací en Córdoba, Argentina. Ciudad de voces melodiosas, ánimo alegre, pícaro, mente ingeniosa y espíritu crítico. Me eduqué en un colegio religioso, con buena educación y reproductor de relaciones sociales de clase/elite. Claro que eso no lo notaba. No sabía que éramos conservadores. En mi imaginario idealista prefería olvidarme de esto último y elegía adscribirme a la identidad de rebeldía. La historia estaba a mi favor: 100 años atrás los estudiantes de la Universidad Nacional de Córdoba iniciaban una reforma de fondo reclamando el co-gobierno de la institución. Los jóvenes no estaban dispuestos a seguir tolerando una educación autoritaria “monárquica y monástica” con profesores conformando castas, elegidos “por derecho divino”. La revolución estudiantil se extendió como pólvora por todo el continente, agitando reformas en las universidades públicas. En 1969 la mecha se volvió a encender con el Cordobazo, nuestro mayo francés local. Obreros y estudiantes unidos en una revuelta popular en tiempos de dictadura.


Me gustaría contarles lo maravillosa que fue mi experiencia universitaria en la Facultad de Medicina, casi 90 años después de la Reforma. Pero junto a las noches de estudio insomne, recuerdo el machismo y la misoginia de los profesores, la tensa organización jerárquica y el silencio en clases en las que no nos atrevíamos a preguntar. Recuerdo un profesor que nos ofreció una beca para un congreso y luego nos quiso pedir nuestros números de teléfono. Los médicos mayores diciéndonos “piropos” y dándonos guiños. El cirujano que le dijo a una amiga, durante su examen final oral, que por encima de ellos solo estaba Dios y que perdía el tiempo porque las mujeres estaban hechas para la cocina. La creencia de que especialidades como anestesiología y cirugía estaban destinadas a los hombres y otras, como pediatría y ginecología, a las mujeres.


Ante la desilusión, lo que me salvó la vida fue la participación comunitaria. Afuera de la academia, en los barrios, las mujeres ponían patas para arriba todo lo que me enseñaban en las aulas. Los profesores tienen la tendencia a hablar de “mitos” en los que exponen la ignorancia de la gente. “Es imposible, la gente no sabe”. Ahí decidí que me interesaba escuchar y no tratar de convencer a las demás personas de que sanen con mis protocolos.


Y es que, aunque no salga en las noticias, otras maravillas ocurren: Las mujeres empezamos a organizarnos y encontrarnos. Hace un año se creó la red “feministas trabajando-Córdoba (mujeres, trans, tortas)”. La Grupa, como la llamamos cariñosamente, nació en Facebook para facilitar oportunidades laborales a las mujeres. Se han organizado ferias masivas apoyando los proyectos autogestivos. También se han formado grupos satélites según intereses: vivero, red de trueque, red de alquileres, grupos de salud, etc.


En lo personal, necesité reinventar-me para proseguir en el camino de sanación más allá de las desilusiones. Necesitaba tiempo para digerir lo que la vida me trajo: exploración, nuevos aprendizajes, permacultura, ecología, experiencias de autoconstrucción de vivienda natural, soberanía alimentaria, auto elaboración de medicinas, sanación natural. En el medio de un viaje por tierras chilenas, en una ecoaldea de Rari, una viajera me mostró un fanzine fotocopiado que llevaba en su mochila. Estaba marcado, subrayado, apropiado. Era el Manual de Introducción a la Ginecología Natural de Pabla Pérez San Martín. Un trabajo de recuperación de los saberes de la medicina tradicional local como propuesta política de autonomía femenina. La experiencia floreció y se multiplicó con talleres, círculos de mujeres, textos, recopilaciones y distintos formatos de encuentro que nos permiten unirnos, recordar y crear juntas un cuerpo de conocimientos y saberes que es legado de nuestras tierras y nuestras ancestras. Medicina contrahegemónica y emancipadora. Amor a primera vista.


Sanar es cultura, patrimonio de los pueblos. A los médicos nos enseñan que Hipócrates es el “padre” de la medicina. No nos aclaran que de un tipo de medicina, la hegemónica y patriarcal. Hoy en día, en pleno debate sobre la legalización del aborto, médicos y clínicas reclaman el derecho a la objeción de conciencia. Algunos alegan que su decisión responde al juramento hipocrático que reza ”me abstendré igualmente de suministrar a mujeres embarazadas pesarios o abortivos”. Incapaces de notar la sutileza: ya se realizan abortos y la academia decide no involucrarse. Estas experiencias continuarán siendo clandestinas. Como en tiempos antiguos, donde los ciclos de vida-muerte-vida estaban en manos de curanderas, parteras, mujeres sabias, brujas, quienes han sido desde siempre guardianas de conocimiento. Ironías del destino: la primera mujer santa por decreto papal es Hildergard de Bingen, monja, médica y compositora musical. También bruja, sanadora, canalizadora, gemoterapeuta. Todo un combo new age medieval.


A veces me escriben pidiéndome un “chequeo médico”, un “control”. Me contengo las ganas de responder que “no te puedo ayudar en eso, porque prefiero que te des-controles”. Es que por muchos años se creyó que nos empoderábamos con la Ginecología patriarcal y su cultura del control sobre el cuerpo femenino, la mutilación de úteros, la medicalización de la sexualidad y de los ciclos femeninos para que continúen siendo funcionales al sistema capitalista-explotador. Que debemos minimizar las reacciones adversas y los dolores. Nos enseñan a naturalizar el dolor de un DIU de cobre: “aguantando unos meses los dolores, luego pasa”. Porque pareciera ser un detalle menor que las hormonas anticonceptivas, el parche, el implante y el DIU Mirena interfieran en nuestra libido y deseo sexual. Te preguntaste alguna vez ¿porqué no existe una especialidad médica similar que controle el cuerpo masculino?


La propuesta del autocuidado feminista sanador es habitar el cuerpo, nuestro propio territorio. Desde esta convicción, me hice feminista...

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