Coral Herrera Gómez, España - Costa Rica

¨No tenemos por que renunciar al amor. Vamos a hacerlo feminista, vamos a transformarlo a nuestro gusto, vamos a convertirlo en una experiencia maravillosa que nos permita realmente acabar con la desigualdad entre hombres y mujeres¨


Ilustración de Laura Astorga Monestel, Costa Rica.


Yo sí era feminista, pero aunque tenía toda la teoría en mi cabeza, no sabía cómo aplicarla a mi vida cotidiana. Es decir, yo me pensaba feminista, pero no me sentía feminista porque no lograba llevar la teoría a la práctica: en la escuela no me dieron herramientas para entender por qué anhelaba tanto ser amada por un hombre, por qué me habían hecho creer que el amor romántico tenía que ser el centro de mi vida, ni por qué sufría tanto por amor.


Me crié con cuentos de princesas que están solas en el mundo, sin hermanas, ni madres, ni abuelas, ni primas, ni vecinas, ni compañeras de estudio o de trabajo. Pero además de películas y dibujos animados, también escuchaba los discursos de las amigas de mi madre hablando de los derechos de las mujeres, la libertad de las mujeres, y la necesidad de derribar el patriarcado para crear una sociedad igualitaria sin jerarquías ni explotación ni violencia.


Entonces tenía dentro de mí esa necesidad de ser una mujer autónoma y libre, de estudiar y trabajar, de construir mi red de afectos, de llevar el timón de mi barco y navegar por mi vida eligiendo yo el camino y los lugares de destino. Pero a la vez, mis emociones eran profundamente patriarcales y soñaba con tener un compañero que me quisiera y con quien pudiera fundar una hermosa familia. Soñaba con poder vivir el romance del siglo, con vivir el amor total y absoluto que te hace sentir que no estarás sola nunca más, y ese sueño me hacía creer que al enamorarme y emparejarme, conseguiría una relación de igualdad y compañerismo de manera mágica, pensando que el amor todo lo podía.


Sufrí mucho por amor, perdí mucho tiempo y energía en el amor, y a veces también, me olvidé de toda la teoría feminista sobre la libertad y la autonomía por amor. Yo estaba en una relación que no lograba soltar del todo, y pasaban los meses y yo no lograba desengancharme. Así que cuando me tocó hacer la tesis doctoral, elegí el amor romántico para intentar entender qué me estaba pasando, y por qué no sólo me pasaba a mí, sino a millones de mujeres en el mundo. Yo leía, escribía y me iba con mi perra al campo a pensar y a darle vueltas, fueron unos años muy felices en los que investigué mucho, y hablé mucho con mi gente.


Y un día lo ví muy claro, mirando el atardecer: las mujeres tenemos derecho a vivir una buena vida, a disfrutar del sexo y del amor, a sentirnos libres, a buscar el placer y a ser nosotras mismas en todas nuestras relaciones sentimentales y afectivas. Esta idea en su momento fue revolucionaria para el feminismo, y en ese momento pasó del mundo de las ideas a explotar en mi corazón.


Lo vi muy claro, si: yo no he nacido para sufrir, ninguna mujer ha nacido para sufrir. El amor no puede ser un arma de control social y destrucción de las mujeres, sino una experiencia de gozo, crecimiento y liberación, me dije. El amor es una construcción, y todo lo que se construye, se puede deconstruir y re-inventar.


Pensé que sería maravilloso poder aplicar el feminismo al amor para liberarlo del machismo y el patriarcado, y de paso, liberarnos todas las mujeres del mundo, porque es a través del amor como la cultura patriarcal se perpetúa con mitos, estereotipos, mandatos, modelos, héroes y heroínas.


En aquellos momentos empezaba a desarrollarse Internet, y yo lo que quería era colectivizar el debate en las redes, y sacar el amor romántico a la luz para debatir sobre el tema. Lo que había leído es que las feministas de los años 70 llegaron a la conclusión de que el amor romántico era una cárcel para nosotras y que como a muchas nos llevaba a la muerte o a una vida de esclavitud voluntaria, lo mejor era renunciar al matrimonio y así no tener que vivir de rodillas mendigando el amor de un hombre.


Pero yo pensaba, bueno, no tenemos por que renunciar al amor. Vamos a hacerlo feminista, vamos a transformarlo a nuestro gusto, vamos a convertirlo en una experiencia maravillosa que nos permita realmente acabar con la desigualdad entre hombres y mujeres. Y lo mismo para lesbianas y gays, gente monógama o poliamorosa: había que liberar el amor a la vez que reivindicamos el derecho al placer de las mujeres, y había que hacerlo desde los cuidados, la empatía, la solidaridad y el deseo de cambiar el mundo para construir una sociedad más pacífica, libre de violencia y dominación, una sociedad más justa, igualitaria y amorosa.


Desde entonces, he trabajado para ayudar a muchas mujeres a construir sus propias herramientas que les permitan acabar las relaciones en las que no se sienten cuidadas ni queridas, para desengancharse de una de las drogas más potentes del mundo, para distinguir cuando están en una relación de dominación y sumisión, para dejar a sus parejas cuando no se sientan felices o cuando no se sientan bien tratadas.


Después de cuatro años trabajando juntas en el Laboratorio del Amor, una red de mujeres internacional que es también un grupo de estudio, no hemos descubierto la fórmula ideal para disfrutar del sexo, del amor y de la vida, porque esa fórmula no existe. Cada cual tenemos que trabajar los patriarcados que nos habitan, tomar conciencia de lo que necesitamos, deseamos y queremos para estar bien y para ser felices, ponernos a desmitificar el amor romántico, y construir otros modelos de relación en los que podamos ser nosotras mismas.


Las semillas que hemos ido sembrando en estos años van dando sus frutos: ahora hemos aprendido a aceptarnos, a querernos y a cuidarnos a nosotras mismas, ya sabemos decir que no, ya sabemos, al menos, lo que no queremos, y tenemos más herramientas para entender lo que nos pasa, y por qué nos pasa. Ahora sabemos que lo personal es político, que hay otras formas de quererse, y que se puede sufrir menos, y disfrutar más del amor, y por eso creemos que hay que seguir trabajando mucho para poder llevar la teoría a la práctica, y para poder vivir una buena vida, que es muy corta, y sólo tenemos una.


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