Catalina Bosch Carcuro, Cuba-Chile

¨Ser niña en esa Cuba era ser pionera, querer ser como el Che y ser parte de cada momento en el que se aplaudía a Fidel...¨

Ilustración de Sofía Flores Garabito, Chile.


Nací en La Habana de los 70 ́s, lugar al que decidió llegar mi madre, exiliada chilena tras el Golpe de Estado, junto a mi padre que, aunque era cubano, llevaba varios años fuera deambulando por el mundo y el desarraigo.


Ser niña en esa Cuba era ser pionera, querer ser como el Che y ser parte de cada momento en el que se aplaudía a Fidel. Recuerdo haberme preparado para ir a las marchas en la Plaza de la Revolución y sentir la emoción al ver aparecer al Comandante. Gracias a él, y a quienes lo acompañaron en la lucha contra la dictadura de Batista, vivíamos en un mundo encantado. Ni siquiera el Imperialismo Yanqui nos había logrado vencer en Playa Girón y sentía la plena certeza de que si nos invadían de nuevo perecerían en el intento de doblegarnos. Mi tierra era un lugar seguro. No nos faltaba para comer, para divertirnos, para educarnos, para sanarnos y para llenarnos el corazón de esperanzas compartidas. Por eso una parte de mí siempre estaba tranquila, confiada y alegre.


Pero otra parte no. Había un lugar donde no llegaba la Revolución, ni Fidel, ni el ejemplo del Che, ni las esperanzas. En mi casa mi papá nos pegaba, nos gritaba, nos insultaba, rompía cosas por cualquier motivo que lo enojara. Era un clásico de domingo: mi mamá no alcanzaba a tener el almuerzo a la hora que él quería y entonces se despertaba el monstruo, arrasando con todos a su paso. Muchas veces traté de impedir los golpes hacia ella y hacia mi hermano pequeño, aprendí a hacer las cosas de la casa y la comida para lograr tener todo listo cuando él quería.


Ya en los 80 ́s, mi mamá comenzó a trabajar en la sede cubana de una organización internacional para mujeres. Allí realizaban la hermosa labor de fortalecer, reunir y capacitar a mujeres líderes de distintos países de América Latina. Ellas trabajaban arduamente contra todas las injusticias, tanto las que ocurrían afuera como adentro de sus casas. Fue allí cuando conocí a Abuelas de Plaza de Mayo, Combatientes de Nicaragua y El Salvador, Campesinas Peruanas, Dirigentas Comunitarias de Brasil y tantas otras. Con sus lindos trajes y acentos, con su energía, convicción, valentía y dulzura, me permitían escuchar una canción extraña y fascinante. Hablaban de las dictaduras y guerras que aquejaban a sus pueblos, del hambre, la miseria, de la violencia contra las mujeres y el derecho a decidir sobre sus propios cuerpos.


En Cuba no se hablaba de género, ni de patriarcado, ni de machismo, ni de maltrato infantil, ni de abuso sexual. Se suponía que la Revolución y el Socialismo habían acabado con todas las problemáticas sociales. Lo único que recuerdo cercano a estos conceptos era “la caballerosidad proletaria”, valor que en el discurso se le trataba de fomentar a los niños, con la idea de que fueran amables en el trato a las niñas.


Pero gracias a esa red de mujeres que traían ideas de otros lugares y a que mi madre por ser extranjera se le permitían ciertas “desviaciones ideológicas” fui escuchando de feminismo, de género, de igualdad entre hombres y mujeres. Entonces esa parte de mí que nunca había sentido esperanza comenzó a sonreír.


Me convertí en una adolescente. Se cayó el Muro de Berlín. En Cuba se gritaba Socialismo o Muerte. En la escuela leímos Casa de Muñecas y fui feliz encontrando por primera vez un espacio para hablarles a mis compañeros y a la profesora de lo que significaba “El Portazo de Nora” para el movimiento de mujeres. A esa altura ya había terminado una relación de noviazgo en la que sufrí muchos tipos de violencia durante más de un año, nos habíamos ido de casa sin mi padre y me seguía escondiendo asustada de un vecino, padre de mi mejor amiga de infancia, para que no volviera a tocarme los genitales.


En estos días oscurece más tarde en Santiago de Chile, donde vivo hace un cuarto de siglo. Se impone la primavera con sus ciruelos en flor y el cántico de los pájaros. En los primeros años de estar aquí no distinguía esa belleza y rondaba persistente mi anhelo por el Mar Caribe. Esta ciudad era demasiado gris, azul, café y negra como la ropa de la gente. No estaba bien hablar de exilios, desaparecidos o torturas. Las mujeres llamaban “mejorarse” cuando iban a parir y de “estar indispuestas” cuando tenían la regla. Había hijos ilegítimos, ninguna pareja se podía divorciar y no estaba permitida la interrupción del embarazo bajo ninguna circunstancia. Nunca escuchaba “Te Recuerdo Amanda”, salvo en alguna nostálgica y recóndita Peña de Izquierda.


Santiago era oscuro, pero fue cambiando de color. Hoy mi hija va con su pañuelo verde al cuello a la marcha por la legalización del aborto. Mi generación de la Universidad redacta una declaración pública apoyando a las víctimas del abuso machista. Muchos pintan lienzos de morado y se habla de género, entendiendo por fin que no es el material con el que se hace la ropa, sino aquel que muchas veces nos amordaza la boca. Hoy mis pacientes sobrevivientes de abuso sexual se atreven a contar lo que les pasó y van, como un canto de pájaro sobre ciruelo en flor, a conquistar la alegría que antes les negaron.

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