Ayelén Díaz Chaparro, Paraguay

¨...la vida me hizo feminista, y estoy feliz de hoy poder hablar por todas las que no pudieron, porque culturalmente no pudieron o porque callaron sus voces a golpes secos."


Ilustración de Lau Hakanson, México


Cuando la vida te hace feminista


Un abuso en la infancia, un feminicidio en la familia, ser testigo de la sumisión cultural a la que mujeres deben “obedecer”, son detonantes para callar y seguir dando vueltas en círculos o para hablar mucho más fuerte que nunca, gritar si es necesario. El contexto fue el que me hizo feminista, la experiencia misma, las ganas de que ninguna más sufra el machismo en ninguna de sus formas.

“Nunca, nunca te sientes en el regazo de ningún hombre, no importa que sea tu pariente, nunca, mi hija”, me enseñó mi mamá cuando era chica. Tenía razón porque bajo el mismo techo lo que era un hogar para mí sufrí abuso cuando todavía no tenía conciencia de qué estaba bien y qué estaba mal.


Cómo no ser feminista, me pregunté hace poco cuando hablaba con una amiga sobre un episodio que creo fue un ataque de pánico (no estoy segura porque no me había pasado antes). Me sentí sola, vulnerable y comencé a temblar y llorar.


En fin, me dije eso porque comencé a explicarle cuáles, según yo, eran las cosas que me dejaban intranquila mentalmente. Y todo nació ahí, desde el abuso en el seno familiar, por un hombre “de respeto” en mi familia.


Y como en muchas casas, cuando finalmente decidí hablar (lo que me fue tremendamente difícil con aproximadamente 8 años de edad) solamente mi mamá tomó acciones. El resto se llamó al silencio, era un tabú en la familia.


Todos sabíamos quién era y qué me hizo, pero se decidió hacer como que nada pasó. Porque bueno, él era alguien “respetable” y yo una mitakuñai (niñita) que no sabía qué estaba bien y qué estaba mal. El tema sigue bajo la alfombra.

Así también, viví testigo de la tristeza silenciosa de mi abuela, que finalmente “tuvo permiso de dejar de parir”, cuando luego de 8 mujeres tuvo un hijo varón. Ella es una mujer cansada, solamente esa palabra la define y combina con sus párpados caídos: cansada. Poco expresa sus sentimientos y se refugia en la religión.


También recuerdo, vagamente pues era muy chica, lo que pasaron mis primas cuando su mamá fue víctima de feminicidio. Ellas iban de casa en casa de las tías, disfrazando el luto de vacaciones.


Vi a mamá salir de la relación tóxica que tenía con mi viejo, criado y malcriado bajo el clásico machismo paraguayo. Salió estudiando, valiéndose por sí misma, haciéndose hermosa y fuerte, mientras que mi papá se llenaba de enojo por eso. Pasa que ella solo pudo ir a la facu después de que mi hermano y yo crecimos, estábamos en 3er y 5to grado, digamos que ya no éramos bebés. Nos tuvo muy joven y fue mamá antes que universitaria. Se graduó, viajó haciendo arte, lo sigue haciendo, y se separó de mi viejo quien no la dejaba salir adelante.


También vi a mi otra abue (la paterna) rompiéndose el lomo toda la vida cuidando a otros (los viejitos o enfermos de la familia, ah y claro, siendo mamá). Nunca tuvo tiempo para sí misma, porque solo le dejaron ser una señorita de la casa, para limpiar y ser mamá. Hoy me cuenta de que tiene ganas de viajar, de hacer cosas que no pudo, pero ya le duele mucho el cuerpo.


Cuando por fin sentí que podía superar todas estas experiencias, ya siendo joven adulta, a los 19 años, en una fiesta, me pusieron algo en mi trago. Me olvidé de todo lo que me pasó, cobré la conciencia cuando estaba camino a la casa de mi mamá y no podía pronunciar siquiera las palabras. Temblando, al día siguiente vi que tenía sangre en mi ropa interior.


Hasta ahora no sé qué pasó, pero sé quién fue el que me puso en esa situación. El miedo fue tan grande que nunca lo denuncié, ni por las redes sociales. Cuando unos conocidos le preguntaron, él me culpó y dijo que “no pasó nada”, que solo nos besamos y me tocó. Hasta ahora no entiendo entonces el porqué de la sangre.


No pude salir como 6 meses; y si salía no tomaba alcohol porque tenía miedo de que me vuelva a pasar. De que alguien se aproveche de que soy una mina joven con ganas de divertirse. Gracias a mis amigos y mis primas, pude ir superando esto de a poco.


Cómo no ser feminista, la vida me hizo feminista, y estoy feliz de hoy poder hablar por todas las que no pudieron, porque culturalmente no pudieron o porque callaron sus voces a golpes secos.


Yo no quiero que más niñas sufran abusos en sus propias casas. Que más hijas e hijos pierdan a sus madres. Que las mujeres no puedan cumplir sus sueños, porque solo nacieron para ser amas de casa y mamás.


Ser testigo del dolor de las madres en mi familia, de un feminicidio, sufrir de abuso dos veces en la vida (y la segunda pudo haber sido más pero no me animé siquiera a investigarlo por miedo), todas estas experiencias me hicieron una feminista desde la médula. Hay mucho que caminar, o marchar mejor dicho. Hay mucho que cambiar, cultural y legislativamente para que ser mujer ya no sea un peligro inminente.

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