Audry Bustos Díaz, México

"No hay palabras suficientes para marcar tantos actos patriarcales, pero si me alcanzan las palabras para decir que hacerme feminista me abrazó, con ese abrazo tierno y calientito de quien te quiere con todo su Corazón "



Ilustración de Josefina Torqui, Argentina


Siempre creí que ser hombre era menos complejo. Desde niña me gustaba tener otras actividades y actitudes que me dijeron eran exclusivas de niños: jugar, hablar alto, llenarme de tierra… nunca entendí por qué toda la semana yo tenía que ir con falda y los niños tenían siempre la comodidad de usar pantalones. Recuerdo, que en una clase en cuarto de primaria, una maestra de español nos estaba explicando que en plural la manera correcta de hablar era decir “todos” y yo cuestionándola muy enojada, ya que la mayoría éramos niñas en el salón, me parecía super tonto tener que hablar en masculino. Ella me dijo: “Audry, se dice así porque los hombres son más importantes”. ¿Cómo una clase de español puede quebrarte tanto la percepción de ti misma?


Después de esa clase, creo que no volví a ser la misma, deseé durante gran parte de mi infancia ser hombre para ser importante, tal vez así hubiera tenido más amigos, o tal vez me habrían visto más, tal vez incluso habría ido a clases de música que tanto anhelaba. Solo sabía que me había tocado la injusticia de ser mujer. Llegó mi adolescencia y con ella el cuestionamiento de ser bonita, y me di cuenta que no lo era por ser prieta, por ser gorda, por no tener la delicadeza y suavidad como otras. La verdad es que el odio hacia mi misma no cedió, sólo cambió de sede, ya no era por el hecho de no haber nacido hombre, ahora era porque yo, en mi habitar en el mundo, no le gustaba a los hombres, no era como a ellos les gustaba, porque claro, yo seguía hablando alto y fuerte, me gustaba y me gusta usar muchas groserías y, sobre todo, me gusta ser yo sin condiciones de nada y eso, una vez más, me impedía sentirme plena, no porque no disfrutara de ser yo, sino porque nuevamente no encajaba en ningún molde. Cuando entré a la Universidad, me di por vencida en satisfacer los estándares de belleza que ellos buscaban y me dediqué a estudiar. Entré a la facultad de filosofía pensando que encontraría un nivel más alto de desarrollo humano, que al fin tendría un nicho para ser yo, para ser respetada, pero me topé con la pared. Una pared académica donde las terminologías son muy lindas, pero en realidad, los patrones son los mismos. Me di cuenta que aquí eran igual de machos, pero que esta vez los machos citaban a Kant, Platón y Marx, descubrí que nunca en cinco años de universidad me dieron a una sola autora. Yo sola tuve que navegar las bibliotecas de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP) buscando autoras que me hablaran en un idioma donde pudiera entenderme, en este idioma de ser mujer en el mundo.


Y este idioma lo encontré en el feminismo. Claramente mi primer acercamiento con un texto que me hizo vibrar fue “El segundo sexo” escrito por Simone de Beauvoir, encontré en él todas las respuestas a mis incógnitas del patio de la primaria. Entenderme desde esas letras me hizo sentir feliz y dichosa, sobre todo, de no saberme sola en la búsqueda de preguntas.


A mis veinte años entendí que no era mi existencia la que estaba mal, es que lo que está mal es querer siempre servirle a otro, a OTROS, !Si! en masculino y plural. Mi gran problema nunca fue anhelar haber nacido nene, mi gran problema no fue no atender a sus estereotipos de belleza, mi gran problema fue haberles creído, pensarme no digna para y por ellos, simplemente por salirme de la norma.


Y es así como entra el feminismo a mi vida, me regaló y me regala los momentos de aceptación más lindos en mi vida, me hace entender mi ser mujer en el mundo desde el amor, y fuera de los estereotipos de ser una mujer, me llena de amor por mi misma y me ayuda a quitarme esas cicatrices tan dolorosas que me ha dejado el patriarcado, una crianza llena de violencia tanto dentro de mi casa como en el mundo, porque a las niñas se nos cría en violencia que disfrazamos de roles, una violencia que disfrazamos de “deber ser”. No hay palabras suficientes para marcar tantos actos patriarcales, pero si me alcanzan las palabras para decir que hacerme feminista me abrazó, con ese abrazo tierno y calientito de quien te quiere con todo su Corazón.


Yo me hice feminista por que necesitaba salvar mi Corazón, mi cuerpo, mi mente, mi alma, a mi completita de las garras del odio.

Me hice feminista por que tengo mucho amor por otras, y por que siento que sanándonos todas ayudaremos a las nuevas generaciones de niñas, a salvarse.

Me hice feminista porque quería sentirme viva y no condenada a vivir una vida que no quería.

Me hice feminista por mis abuelas y mis ancestras.

Me hice feminista porque necesitaba sanar.

Me hice feminista para que ya no pesara la opinión del otro masculino.


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