Ana María Fernández Ureta, Chile

¨El encontrarme en un mundillo de viejos me hizo revalorar también espacios que tradicionalmente ejercían las mujeres y que el mundo no ha sabido valorar¨

Ilustración de Sol Díaz, Chile.


Viví mi niñez en el mundo rural. Mi infancia fue un mundo de juegos al aire libre con los primos, en el campo, corriendo entre cañas de maíz y caminos de tierra. El sistema de valores y creencias en que crecí fue una mezcla muy de campo chileno, donde a nadie le causaba conflicto ponerle una medallita a un niño junto a una cinta roja, para que la virgencita le proteja del mal de ojo. Aprendí de mi abuela a recolectar y usar hojitas de tilo y boldo según la ocasión. Si me dolían los oídos, se me trataba con un cucurucho con humo de tabaco. En fin, ir al hospital era para cuando fallaba todo remedio natural, como dice una vecina, al hospital del pueblo uno va a morirse. De ella también aprendí que aquí llueve cuando al amanecer o atardecer las nubes cubren la punta de los cerros, que es más cierto que lo que dicen los del tiempo en la tele.


A mi prima, que era buena para la pataleta, la llevaban tanto a ver al cura como a santiguarse con una vecina, a ver si se le pasaba. La mayoría de las mujeres adultas de este mundito rural eran dueñas de casa, pocas trabajaban en labores agrícolas, menos aún en el pueblo. Para mi abuelo la educación de sus hijos e hijas era la herencia más importante, mis papás también creían en esto y nos incentivaron a mis hermanos y a mí a que estudiáramos en la universidad.


Eso hice, estudié agronomía y después una maestría en desarrollo rural. Y fue estudiando el mundo rural cuando por primera vez me cuestioné el hecho de que pocas mujeres trabajan fuera de su casa, que las cifras cuentan que la mayor parte de la tierra es administrada por hombres y que aún hay partes en América Latina y el mundo donde las mujeres no tienen acceso a la Tierra. Según PNUD, en América Latina entre 8 y 30% de las tierras agrícolas las administran mujeres. Lo irónico es que, de acuerdo a la FAO, en los países en desarrollo las mujeres campesinas generan entre el 60 y el 80% de la producción de alimentos.


Combiné mis años de estudios en la universidad con el trabajo con dirigentes sociales y sus comunidades. Me di cuenta de que muchas veces, me atrevería a decir que la mayoría, las comunidades eran lideradas por mujeres. Fue trabajando con ellas donde aprendí, desaprendí y aprehendí sobre lo femenino y el feminismo. Fue trabajando con estas mujeres que aprendí que el milagro de la multiplicación de los panes y los peces no es otra cosa que la olla común. También que la crianza compartida entre vecinas es el eslabón clave de desarrollo de la sociedad más vulnerable, que las matemáticas y la economía básica se aprenden con la rutina de la supervivencia.


Desde entonces he pasado por diferentes períodos. Al comienzo, mis esfuerzos y rebeldías se concentraron en la toma de espacios que antes sólo eran reservados para hombres. Acompañar a las dirigentes sociales a tomarse esos espacios y exigir no sólo sus derechos sino también los de sus comunidades, leer sobre feminismo, debatir con los amigos y la familia, ir a marchas, ir a seminarios, etc. Tuve la suerte de trabajar por diferentes partes de América Latina al inicio de mi carrera, conocí a otras mujeres en mis mismas búsquedas en diferentes países, diferentes contextos, pero de ideales parecidos.


Luego, la vida me llevó de vuelta al mundo rural donde crecí. Esta vuelta a mis orígenes también ha traído una vuelta de tuerca a lo que entendía por feminismo. Me di cuenta de que el campo había cambiado bastante desde mi niñez. No sólo se asfaltaron los caminos de tierra de mi infancia, sino que las plantaciones de frutales trajeron la incorporación de la mujer rural al trabajo con mucha mayor fuerza; primero a las tareas de packing y de a poco hacia lo demás. De todas formas, siguen faltando mujeres en las organizaciones gremiales, administrando sus tierras, con trabajo agrícola no temporero, de eso no hay duda.


Me di cuenta también, de que en el mundo rural quedan principalmente los adultos mayores, los más jóvenes se fueron a la ciudad a estudiar y/o trabajar. El encontrarme en un mundillo de viejos me hizo revalorar también espacios que tradicionalmente ejercían las mujeres y que el mundo no ha sabido valorar: la artesanía, los productos campesinos (mermeladas, licores, etc), el cultivar en tu huerta tus propios alimentos y los de tu familia, el cuidado de otros, el conocimiento de hierbas medicinales, etc. Caí en cuenta de que esto del feminismo es para mí una construcción y deconstrucción constante.


Hoy mi lucha feminista tiene una ambivalencia similar a la del sistema de valores en el que crecí. Por un lado, creo que es necesario seguir peleando por abrirnos espacio a las mujeres rurales en la política, las dirigencias gremiales, las jefaturas, la administración de sus propias tierras y cargos directivos. Por otro lado, también creo necesario el poner en valor, tanto afectiva como económicamente, a los roles y espacios ejercidos tradicionalmente por las mujeres rurales. Me muevo entre esas dos visiones de manera cíclica, como si fueran el invierno y el verano, al ritmo de lo que la naturaleza me mueva a hacer, en la búsqueda de ese equilibrio dinámico que, como si fuésemos la tierra a cultivar, nos lleve a sacar el mejor potencial de lo que podemos ser.

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