Patricia Montiel, Paraguay-Francia

¨Por ellas, por las que reman, soy feminista y nunca dejaré de serlo. Porque gracias a la sororidad ahora soy libre, ahora lucho por quienes no lo son y a quienes no les han dejado ser, pero serán.¨


Ilustración de Rossana Flores, Paraguay.


Muchas sensaciones, momentos o etapas enteras de la vida son difíciles de explicar cuando una no la vive en carne propia. Una de ellas es el ciclo de violencia. Si no pasaste por ahí, ¿cómo le explicas a tu interlocutorx lo que es estar en uno, cuando una ni siquiera es consciente de estar totalmente sumergida y desesperada sin saberlo? 


Mi llegada al feminismo implicó una salida de ese ciclo. Fue algo así como tirarme al agua, un gesto desesperado de cuando ya no te queda otra que salvar tu pellejo. Al mismo tiempo, estar dentro del ciclo es como estar dentro del agua. "Descansando en la corriente" como dice la canción de Soda Stereo, pero desde adentro. Los gestos se hacen lentos. Una se siente en una especie de zona de confort bizarra; al mismo tiempo las sirenas de alarma suenan de fondo. Te dicen alerta. ALERTA. Algo huele raro. Pero todo se ve borroso y no se sabe bien qué es lo que está mal, ni cuándo, ni por qué, ni cómo. Y de repente algo sangra. Ese dolor que vuelve. Ese gusto a metal en la boca. El llorar en el baño a moco tendido y a puño cerrado. Escuchar gritar. Insultar. El miedo infinito y el silencio con sus dientecitos afilados que te muerden la boca, que no te permite dejar escapar ni el más mísero hilito de voz. 

Yo no era feminista en ese entonces. No pretendo que me volví una de la noche a la mañana, al contrario. Fue como un vía crucis que se aceleró entonces cuando este famoso ciclo acuático y violento fue intensificándose. Y quizás, hoy no contaría el cuento si no fuese por una amiga feminista. Como dice una vieja frase que leí por ahí, para hacer la revolución sólo necesitas a una amiga. Yo díria que es para no morirte, simplemente. Laura, donde sea que estés hoy, nunca voy a olvidar como nos tiramos al agua y del agua al mismo tiempo. Nos entresacamos mutuamente de nuestras relaciones abusivas respectivas, hace algún par de años y nos obligamos a no tirarnos sobre nuestros teléfonos y a volver a hundirnos de vuelta. Nos mantuvimos a flote abrazándonos por un largo par de meses. 

Pero volvamos unos muchos meses atrás y con algunos elementos de contexto. Paraguaya de nacimiento, cis, heterosexual, de piel color caramelo en una familia y en una clase social de tonos de piel más claros que oscuros, tuve el privilegio de beneficiarme de una educación primaria y secundaria en una de las escuelas más caras del condado. Fue así como, al culminar la secundaria, volé a tierras francesas gracias a una beca. De ahí me quedé, y al terminar la misma me puse a trabajar en bibliotecas, área en el cual hice mis estudios (ciencias de la información y oficios del libro), a la par que estudiaba sociología. Pasé de una sociedad machista a otra sin haberme dado cuenta. A eso que llaman primer y tercer mundo no lo divide sino un fino hilo, que separa a vencedores de vencidos. La París en la que viví con sus aguas grises, ese mundo universitario que me recibió como un abrazo y me dió de que leer y pensar, París, la furiosa con sus calles infernales y recuerdos dolorosos me fue, eso sí, abriendo los ojos. Pero ese despertar en mí y en mis amigas que se quedaron en Paraguay fue muy similar, algunas con historias de vidas extrañamente similares.

En aquellas épocas juraba no ser feminista. Algo zumbaba ya igual en mi oído, pero nunca me había puesto a leer con detenimiento. Hacia 2013 y 2014 tuve conocimiento de un movimiento político feminista paraguayo, y ahí es donde empecé a leer un poco. Pero no tanto como para que en mi cabeza algo haga clic. Y también estaba la persona con quién compartía ya, desde hace un año, una relación – hombre, cis, heterosexual, rubio queso como le decimos en Paraguay – que poco a poco se hundiría en un infierno viscoso y oscuro. Totalmente opaco. El mar infernal. El contacto con mi alrededor se me hizo difuso. No entendía aún que me estaba alejando de mis amigxs y familiares por manipulación. ¡El proceso es tan sutil! Y de repente los celos. Las reclamaciones. Perdía pie. Ah, pero yo no era feminista. ¿ No era feminista ? Algo me titilaba cada vez más. Sin darme cuenta, de repente me encontré a la deriva emocional, con un cansancio de vivir físico y mental. 

Algo que nunca me dijeron y que hubiese querido que lo hicieran es que salir de un ciclo de violencia es un proceso largo, en el cual se sale con MUCHA dificultad si no es que una mano amiga no te saca de ahí. Que salir puede tardarse años. Que es un proceso que tiene estadísticamente muchas probabilidades de mortalidad. Parece imposible salir de él cuando se quiere poner un término. Porque cuando uno cree acabar y está feliz con ello, la promesa de la luna de miel te agarra y te arrastra. Y el recuerdo de la felicidad anula todo gusto de sangre y de metal en la lengua. Promesas. Flores. Bueno, qué pierdo con intentar otra vez. Y de la sonrisa a la amenaza hay varias letras en común. Llamadas de borracheras, en cada insulto, en cada puño que iba destinado a la pared. ¿Por qué creí que iba a ser diferente esta vez? Pero el cerebro a la hora de analizar, es como un grito de ahogado. Como esos vehículos a los cuales se les para el motor en un charco demasiado grande. Imposible de reflexionar. Parálisis. Y el pecho aprieta, hay algo que quiere salir. Y un día se quiebra el espejo. La ilusión no se rompe, pero la alarma mental ahora suena tan fuerte que no hay de otra.


Y llega, por fin, el día. En una enésima pelea de celos, el quiebre. No puedo identificar qué fue lo que lo provocó: si el enésimo ataque de celos, si un ataque de lucidez repentina, o alguna otra cosa. Sólo recuerdo el fulgor de la voz de alerta en mi cabeza que de repente se hizo bien claro y agudo. NO vamos a volver. La sentencia que cae y la risa irónica del campo adverso. Me tiene presa. Sabe que voy a volver. Si me volteo una vez más a verlo, me convierto en estatua de sal, y le bastaría con soplar un poco, un chasquido de sus dedos y me quiebro. Resistir a esa enorme presión fue uno de los peores obstáculos de mi vida, y hasta ahora sigue siendo para mí inexplicable. Un cóctel explosivo de sentimientos, dolor, y en mayor parte de miedo. Subrayado. En negrita. Y letras capitales. Es M I E D O. Miedo a que me haga algo esta vez de verdad. Miedo a que se mate. Miedo a que haga daño a mi entorno. Enfrentar ese miedo se sintió como sentarse a mirarle a los ojos a un tsunami. Y así fue. A esas alturas del campeonato, ya no había nada que perder. Y me tiré del barco a la deriva.

Que voy a ir a pegarle a tus amigxs. Que me voy a tirar al Sena. Que voy a escribirle a todos tus amigxs. Que voy a revisar tu facebook. Que tenés que volver conmigo porque tu amiga se acaba de suicidar. Que tengo cáncer. Que tengo otra novia una semana después de haber cortado contigo. Que te voy a denunciar si no me devolvés mis cosas. Y para muestra vale un botón.

Yo no era feminista. Luego, de golpe, salí de un ciclo de violencia. Un poco más tarde, esa misma semana, una amiga de infancia se fue. Un tiro en la cabeza. Ya no doy más, dijo ella. Y me acordé. Recordé todo el acoso que sufría ella en el colegio como en flashes dolorosos que iban superponiéndose. Y luego su depresión. Y luego lo que acababa de vivir yo. Y todo hizo clic en mi cabeza. Clic. Una detonación. De repente me desperté. Y así, de golpe, me dí cuenta que estaba en el agua. Y a la par que me sacaban del agua. ¿Laura, cómo agradecerte por tanto?. Lloro de escribir estas líneas, me acuerdo del agua, de yo intentando no hundirme y respirar, me acuerdo por qué salí y cómo me sacaron. Sólo puedo expresar gratitud eterna, porque no sé como explicar ese dolor ensordecedor. Solo sé que de ahí me sacaron y que hay gente que quedó allá. Y que voy a luchar hasta el final para que nadie más lo conozca. Que nadie sepa nunca lo que es ese miedo color agua infernal que te envuelve, te paraliza y te ciega. 


Ahí debutó mi carrera como feminista. Encontré paz después de haber vivido tanto dolor. Encontré armas para cuidarme y para cuidar a la gente que quiero. A las que luchan desde sus disidencias. Por todas aquellas que han pasado por ese quiebre. Por todas las que están pasando y me leen. Me da fuerzas para gritar a las que no pasaron aún. Amiga, si te sentís identificada, tirate : SALI DEL AGUA. Liberate de ese miedo a pesar del miedo, de esa presión total, de ese gusto a sangre y a sal en la punta de la lengua. El tsunami alguna vez se irá, porque esta ola será más grande que todo. Porque nuestra fuente es la vida, porque nosotras somos las verdaderas pro-vidas. Porque esto es la verdadera amistad. Porque vine desde muy lejos y no lo hubiese logrado sin ella y sin ellas. Porque la gente que estuvo en el agua no son víctimas. Fueron las más valientes, pero son las que la maldita agua no dejó volver. Por ellas, por las que reman, soy feminista y nunca dejaré de serlo. Porque gracias a la sororidad ahora soy libre, ahora lucho por quienes no lo son y a quienes no les han dejado ser, pero serán.


Con mucho amor, desde el fondo del dolor.



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